Amores de invierno

Se dice eso de que “el amor y las bicicletas son para el verano”. No estoy de acuerdo con ninguna de las dos, entre otras cosa, porque el “invierno” ocupa ¾ partes del año, y el verano son sólo tres meses. Pasado el calenturiento verano, muchos vuelven a su actividad cotidiana después del caluroso estío. De alguna manera, en los países mediterráneos se considera al verano ecológicamente como una interrupción: hace demasiado calor y la vida salvaje se repliega, los animales están en una especie de “hibernación veraniega”, debido al calor, sobre todo en la mitad sur de España. De alguna manera, aquí la estación mala es el verano, como en el norte de Europa es el invierno. Aquí hace demasiado calor en verano; y en el norte de Europa hace demasiado frío en invierno. El calor comúnmente me pone de mal humor; pero el frío del invierno tiene algo de mágico y de vuelta a lo cotidiano, que yo personalmente adoro. La magia de las citas con chicas en una fría tarde de otoño o de invierno es insuperable. Por supuesto que el verano también tiene su algo positivo, pero de alguna manera lo que le da magia al mundo es el cambio de las estaciones y de las circunstancias según las estaciones. Tras el calentón del verano, es hora de retomar el amor. En este artículo, amores de invierno.

El amor en tiempos de estupidez masiva

Y este verano he estado especialmente de mal humor. No se si será el ver cómo hasta los rusos, que hace tiempo era un país del considerado segundo mundo (que yo siempre adoré), pueden viajar y salir de vacaciones hasta el extremo opuesto del continente, hasta España; mientas millones de familias españolas caen desde la clase media a la clase baja, quedándose ahora por tanto sin vacaciones, ni siquiera en las playas que están a menos de cinco horas de viaje. Pero yo no coincido con muchos movimientos ciudadanos que consideran a los problemas económicos y políticos de España culpa de los políticos: los culpables somos nosotros, por pasotas, por no ser inteligentes, por ser egoístas, y por querernos dividir en una especie de Hutus y Tutsis, como en las recientes movilizaciones independentistas que azuzan la derecha catalanista, como una forma de ocultar su privatización del sector público catalán, además de, imitando a Franco en sus buenos tiempos, usar un chivo expiatorio exterior para facilitar una cada vez más difícil cohesión interna, como hacía franco con Gibraltar, para así poder ocultar su estupidez como gobernantes y su completa incapacidad para hacer nada bien.amores de invierno No tengo ninguna simpatía hacia las personas de ideas nacionalista o independentistas. Pero tampoco la tengo hacia persona de ideas peperas o de derechas, o pasotas,… Por lo que se puede decir que me siento muy poco a gusto en Salamanca; igual que me sentiría muy poco a gusto en Barcelona. Esto es un artículo de amor, joder, y me voy a la política… En Salamanca también nos azuzan, también los políticos se ríen de nosotros, saliendo al balcón del ayuntamiento, y diciendo eso de “sintámonos orgullosos de que somos de Salamanca”, y lo dicen unos tipos que han jodido buena parte de las expectativas de futuro que tenía esa ciudad (si no la provincia). Por supuesto, todo el mundo aplaudiendo como buen borrego charro, no muy distinto al borrego catalán.

De todas formas, la ciudad de Salamanca tiene una buena cosa (que no compensa las malas ni de coña): unos bonitos locales, muy acogedores e íntimos para esas citas con amores de invierno. Puedo citar tres: el Expresso; el Bécker; y el Capitan Haddock. Aunque hay muchos otros. El primero no es céntrico pero es el que más me gusta de todos. El tercero es pequeño, pero con mucho encanto.

Lo cierto es que tengo abandonado un poquito el tema de las citas y del amor. Puede que tenga que ver con que veo dragones hasta cuando cierro los ojos. Y esto puede ser por tres motivos distintos: 1. me he pasado con mi ración semanal de tripis; 2. los pavos del tío manolo se han vuelto a escapar; 3. estoy escribiendo una novela de fantasía épica.

Descarto la primera opción, pues es incompatible con la tercera, pero no con la segunda. Las drogas te termina rompiendo el cerebro, sobre todo las duras, y eso mata toda la creatividad. Para colocarnos nos quedamos con el amor. Las mujeres son divertidas, por eso nos gustan los amores de invierno.

Amor en los hielos

El frío del invierno me parece un manto más adecuado para el amor que el calor del verano. Supongo que es mi odio crónico hacia esa calurosa estación; recuerdos que vienen con el calor; señales de un viejo dolor que ya nunca pasará. El frío me trae esa sensación de esperanza y de tener un “lugar en el mundo”; el calor me hace recordar al mismísimo infierno, y me hace odiar más a gente que ni siquiera se merece ser odiada, de lo puramente estúpida e hija de puta que es. Algunos piden a gritos el irse al infierno. Y al final del verano, vuelve la esperanza, cuando ya podemos alejarnos de aquellos que eran perores que las bestias.

Por eso es mejor el invierno para todo. El frío es mi sino, algún día terminaré viviendo en una cueva en lo alto de una montaña nevada. Allí no habrá muchas mujeres, pero al menos no hay gente zafia y ruin.

Pero por lo demás, este invierno se presenta prometedor en cuanto al amor se refiere. Millones de posibles candidatas para nuevas citas ya están por ahí, por las calles, por los supermercados, en el cine, en los bares, en las tertulias literarias, y también, en la era del ciberligue, en Internet. Cada día es más común que gente normal intente buscar pareja por Internet. Por eso ahora tengo un poco menos de miedo al ciberligue… Pero he tenido muchos disgustos al respecto.

Supongo que he estado muy ocupado: una vez que renuncio a lo imposible, se que lo posible es yo mismo. Los borregos están en manifestaciones contra los Tutsis; y los mercenarios agitan todo para que así tengamos enfrentamiento seguro.

Este invierno promete traernos mucho amor, en medio de la celebración de la estupidez masiva. En este invierno amaremos los que aún no somos lo suficientemente necios: buscaremos una cita, quizás llegue en un encuentro con alguien en el bar; quizás alguien por la calle nos pregunte algo, o preguntemos nosotros algo; quizás incluso la encontremos por Internet, haciendo el tonto en Badoo,… Y luego, quedaremos, quizás en una semana. Y la semana irá pasando, poco a poco, y cada día, cada minuto, cada segundo, algo menos que falta para que llegue nuestra cita. Estaremos nerviosos, habremos quedado con una chica que parece que nos gusta. Y nosotros a ella. Nos prepararemos para la cita, con ropa ahora de invierno; con manga larga. Cuando salgamos de casa, sentiremos esa extraña sensación de frío en nuestro rostro, quizás llueva algo, y tengamos que coger el paraguas. Llegaremos hasta el lugar de nuestra cita, en ese acogedor local. Pediremos algo en la barra mientras llega la chica de nuestra cita. Y al final, llega. Nada más verla ya podemos intuir si encajaremos con ella o no. Cuando la respuesta es sí, algo especial sentimos fuerte dentro de nosotros. Luego pedimos algo, y nos sentamos en una tranquila mesa alejada de la puerta y de todo y de todos. Y charlamos durante hora y media, hasta que vemos que ya llevamos demasiado tiempo hablando. Hablamos sobre lo que amamos, sobre lo que queremos, sobre lo que somos. Y oímos a la otra persona esas mismas cosas contadas de ella. En esa conversación ya sabemos si encajaremos o no. No se necesita mucho, por lo general, con dos minutos hablando con alguien ya tenemos una idea de ese alguien. Y al final de la hora y media, si saltó la chispa, saldremos del local, previo pago de las consumiciones, si no paguemos antes. Cuando nos despidamos para irnos cada uno a nuestra acogedora casa, los nervios estarán a flor de piel, si saltó la chispa. Los nervios comúnmente hacen que la chica se ría con una risa nerviosa. Porque nos estamos jugando el beso y la pasión… Cuando llega el beso, es que el po… está cerca. Pero el amor está al lado. Luego, después del intercambio de saliva, quedamos quizás para el día siguiente. Y al final, después de más besos en algún frío parque con el suelo cubierto de hojas, quedaremos, quizá en una semana, en ese piso que circunstancialmente ese frío día de nieve ha quedado libre. Son los amores de invierno, en un país que se debería congelar, para que algunos podamos ser felices.

“Mirémonos de frente. Somos hiperbóreos y sabemos cuán aparte vivimos” “Más allá de los hielos… está nuestra felicidad.”

Nietzsche. Principio de El Anticristo

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