Citas con chicas de Internet

El otro día mirando por ahí mis viejos papeles, encontré una factura de una consumición. Eran seis euros, el precio de un Wiski-cola en el famoso local salmantino “El Capitán Haddock”. Fue lo que tomé mientras esperaba a la que se suponía iba a ser la primera chica con la que quedaba a través de Internet… La chica nunca llegó.

Lo cierto es que la factura me llamó la atención por su fecha, casi exactamente hace un año desde esto. Recuerdo todas las sensaciones de aquellos días: eran unos días muy ocupados para mi, pero la ilusión por esa cita que me había sacado del meetic… Era una sensación como de ilusión, tanto tiempo sin poder sentir ilusión por nada, estaba emocionado, parecía que volvía a nacer, parecía que la alegría había vuelto a mi corazón después de diez años en el infierno.citas por internet

Joder, esos días previos a la cita, incluso el propio día de la cita… tenían una atmósfera rara, como un tono gris, como si nos hubiésemos trasladado a esa atmósfera parisina, con esos colores apagados y elegantes de los barrios más típicos de la capital de Francia. Pero no era un París del siglo XXI: de alguna manera, parecía que había vuelto a mi fascinante siglo XIX, la esperanza de ver a mi cantante de Jazz y artista me hacía rememorar sensaciones que nunca había sentido. Era como estar en otro mundo, quizás en el Chicago de los años 30… Yo era el caballero de traje, sombrero y gabardina, y esperaba a mi princesa que cantaba jazz en un local de moda de la ciudad…Una sensación que nunca había sentido antes. Una sensación producida por los reajustes en la dinámica electroquímica de mi cerebro provocados por una alegría tan grande…¡una chica!

Pero la chica nunca llegó… Me estuve preparando durante semanas…

Mi cita

En fin. Se puede decir que todo esto comenzó hace algo más de un año, en noviembre o diciembre del año que acaba de terminar. Yo estaba muy ocupado, no tenía tiempo para nada, además, la jodida depre no hacía que me entrase muchas ganas de salir a ningún sitio… Pero hace un par de meses que tenía Internet en casa… y claro, después de entrar en páginas porno, de ver fotos de…; de descargarme todos los juegos posibles; de entrar en todas esas páginas que siempre había querido entrar, pero no lo había hecho por miedo a que alguien viera donde entro cuando iba al Cyber… Entonces me acordé de que las citas a través de Internet se han puesto de moda… y ni corto ni perezoso, me propuse conseguir mi cita… Ha pasado más de un año desde que me dio por intentar ciberligar… he tenido como contactos a cerca de 100 chicas, pero sólo he visto en persona a unas cuantas de ellas.

En Internet hay páginas para ligar que son gratis y otras que son de pago. La más famosa de pago (y la mejor) es la famosa página de meetic. Reconozco que saben captar a clientes… yo entré en esa página, te dejan hace el perfil gratis… lo malo es que no te dejan hacer nada más gratis… luego hay que pagar. Y ahí está el truco: te dejan registrarte gratis.. pero cuando ves algo que te gusta, e intentas contactar con eso que te gusta… te ponen enseguida la página de formas de pago, con una foto arriba de la chica que te ha dejado pasmado… Yo piqué como un vulgar arenque… Y pagué. Pagué un periodo de seis meses.

Al fin, pude contactar con esta chica que me había dejado alucinado… La escribí un e-mail…¡y me contestó! (parece ser que el 95 por ciento de estos e-mails ni se contestan…) La añadí al MSN, hablamos un rato, como vimos que parecía que nos entendíamos, quedamos ya para una cita, pero sería en dos o tres semanas… pues ambos andábamos ocupados. Pusimos la cita… Ella me propuso que quedásemos en el Capitán Haddock. No conocía el sitio, lo miré por Internet, y la ilusión se siguió disparando, parecía un sitio genial, romántico, con velas, oscuro, con clase, parece que hubiese salido de las calles de París…

Durante esas largas dos semanas… conté el tiempo que faltaba hasta entonces… Fue como si entrase en otro mundo: la promesa de mi chica me estaba curando la depresión… (eso, y otras cuantas cosas más) Llegó el día, el día más esperado de mi vida… tanto tiempo sin una cita… años… Me vestí con mi estilo característico:  jersey negro y pantalón negro. Botas negras… en general, todo negro. No me pinté los labios de negro porque mi madre dice que si salgo así de casa ya no vuelvo a entrar… Pero me gusta pintarme los labios de negro.. no se que tiene esto de raro… es mi estilo: elegancia gótica, por llamarle de alguna manera. Me puse mi perfume, de un olor azul, recuerda un poco al perfume de unas violetas amargas, cogí mi chaqueta, también negra… Y me subí al coche. Aparqué. La ciudad estaba espléndida ese día. No hacía mucho frío, era sábado y había mucha gente en la calle, gente disfrutando de una ciudad que a mi me parecía de otro planeta. Hacía tanto tiempo que no salía de casa por la noche, que sentía algo parecido lo que deberían sentir los primeros extraterrestres que llegasen a la tierra… Llegué al casco antiguo de la ciudad. Acababa de anochecer del todo. Cuando atravesaba la campiña circundante con el coche, había una luz naranja que te impactaba, parecía que ya no estaba en Salamanca… Mi cerebro me transportaba a la tierra de la cordura… Llovía algo, una lluvia escasa, pero que tiñó todo de ese color característico de los días de lluvia, como si el mundo hubiese sido barnizado… No sabía donde estaba el local en cuestión, así que miré las calles. No encontraba el sitio, y me tocó preguntar. Un chaval me indicó, se iba de fiesta, estuve a punto de preguntarle si me podía ir con él… Supongo que estaba asustado, y una buena fiesta me hubiese librado de tanta tensión… Pero no era cuestión de dejar plantada a la chica.

Llegué a las proximidades del local. Aún era algo pronto, y decidí esperar un rato. Llegó la hora, con muchos nervios entré. El local está en un callejón. Luego traspasé la puerta del local, y me impresioné del mágico ambiente que se respira en el interior. Fui a la barra, me senté todo lo elegantemente que pude en el taburete, y pedí la consumición de la que he hablado al principio… Y esperé. Cuando pasaron los diez primeros minutos… ya empecé a sospechar de que no venía; cuando pasaron los posteriores cincuenta minutos, empecé a sospechar, que la gente me estaría mirando raro (lo que me recuerda que este es un extraordinario ejercicio para perder la timidez: ve a un bar, siéntate, y estate ahí durante hora y media y aguanta los pensamientos de los demás sobre ti, algo así como:”¿pero qué hace ahí solo durante hora y media este gilipollas…?”); y cuando pasó hora y media… empecé a sospechar que me tenía que ir. Por si acaso, cogí toda la elegancia y chulería que pude, y le pregunté al camarero: “¿Cuánto tiempo tengo que esperar para que se considere oficialmente que me han dado plantón…?” El camarero se rió, hablemos un instante, y luego yo seguí a lo mío, esperar.

Al final, no llegó. Decidí esperar a que terminase la canción que sonaba, pues me gustaba (en ese local ponen una música que me encanta) El ambiente dentro era mágico, pocas veces he sentido algo así. Me fui, llovía ahora algo más, la ciudad estaba esplendida, estaba viva. Disfruté muchísimo el trayecto de vuelta, había estado vivo, había salido del abismo durante unas horas… y recuerdo que pensé que todo eso había merecido la pena. Había disfrutado de la experiencia, me había vuelto a sentir vivo… Resultó que la chica no tenía ninguna intención de dejarme plantado… se le había olvidado… Podrían poner en esas páginas de ligue una casilla como las que hay para la altura, pero para la memoria: buena, regular, o mala memoria… Cuando se enteró de mi plantón la chica me llamó muy apenada… prometiéndome una cita para la semana siguiente… y quedamos, en el mismo sitio, un día que transcurrió casi igual que el de la anterior cita… pero ahora llegó. Casi discutimos a los 10 minutos porque ella no estaba de acuerdo conmigo en no se qué… Hablemos durante una hora… llevaba tanto tiempo sin hablar con nadie… La despedí, sabiendo que no la volvería a ver.

Cuando vuelvo a caer, cuando vuelvo a ver las profundidades del infierno, recuerdo que ahí arriba sigue habiendo gente que disfruta, que ama, que ríe, y que usa un perfume con aroma de violetas amargas antes de ir a  ver a los únicos seres que nos pueden salvar del abismo: las mujeres.

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