Cómo consolar a los que no tienen consuelo

Recuerdo un pequeño libro que había en la casa de mis abuelos. Se titulaba algo así como “el consuelo de los que no tienen esperanza”. La portada era una imagen de algún tipo de virgen, con una mueca de dolor por haber perdido a su hijo Jesús. El libro no estaba en una estantería, sino sostribado sobre un jarrón, como queriendo servir de adorno, haciendo la portada como una especie de cuadro. consolar a los que no tienen consueloEl aspecto de la figura de la foto siempre me estremeció, parecía una especie de Dios sufriendo, algo abismal. Siempre me intrigó lo que debía de poner. ¿Qué se le puede decir a alguien que no tiene esperanza?

Muchos somos expertos en perder toda esperanza. Incluso sin esperanza, se puede aguantar el sopor de la vida, el dolor de un mundo cambiante. Si nos imaginásemos el terrible dolor que ha aguantado la humanidad durante toda su historia hasta hace escasos decenios, no veríamos más que guerras por todos los lados, genocidios, hambre, torturas… Nuestro dolor no es ajeno a este ciclo cósmico de creación y destrucción. Schopenhauer dijo eso de “no sé para qué sirve esta tragedia, si no tiene espectadores, y los actores de la misma parecen sufrir de una lenta agonía”. Parece que hubiese sido mejor que nada hubiese existido, con esto le daríamos la razón a Schopenhauer.

En esos momentos de dolor extremo es precisamente cuando todos los buenos momentos del pasado parecen borrarse de la memoria: cuando éramos niños y corríamos, volábamos, por esos campos verdes, bajo el cielo azul inmenso. Las niñas jugaban con nosotros, las amábamos ya, pero de otra forma. Ellas corrían con su pelo al aire y sus vestidos blancos, rosas y azules celestes. Se ponían flores en la cabeza, parecía que habíamos nacido en el paraíso, bajo un cielo azul inmenso. Pero a veces llegaba los nubarrones…

La vida es eso, caer, levantarse, para volver a caer. Por eso gustan las montañas rusas, se disfruta en la subida, se sufre en la bajada, pero ese sufrimiento en el fondo no nos es completamente amargo. El sufrimiento fortalece a los hombres. Los hombres que han pasado un dolor extremo, por ejemplo, que han pasado por sufrir un cáncer de un familiar, que han sufrido primero, el momento en que en la consulta del médico le dan la trágica noticia; luego la esperanza: “¡doctor sálvelo!”; luego un largo transcurrir de días, semanas y meses entre hospitales distintos, intentando buscar ese hueco, ese camino a la esperanza… sufriendo un infierno en cada consulta, en donde el médico te informa de si te mueres ya o aún puede seguir luchando, o sea, pasando por ese fuego líquido que es la quimioterapia, siendo quemando vivo para que aún haya una esperanza; y al final, la consulta fatídica en donde el médico con un frió semblante nos da la noticia que tenderemos que transmitir a nuestro padre, madre, hijo, hija o esposa: que se acabó, se acabó toda esperanza, sólo unos meses más, meses de dolor, y se acabó todo.

Decíamos, alguien que a perdido así a una mujer, un hijo, un padre o una madre, no tiene más que dos oportunidades: o caer en el abismo de la desesperación; o levantarse, mirarse las manos, y volver a aquella pradera de la infancia en donde corríamos con las niñas, a recordad esos momento olvidado por tantos meses de dolor cuando éramos felices.

El dolor te transforma. Cuando el personaje de “el señor de los Anillos” Gandalf cae al abismo junto con el balrog, no muere, pues es inmortal, pero entra en el mismísimo infierno. Sufre, sufre, sufre… durante semanas en el tiempo de la tierra media, pero son años, décadas, allí en donde cae, en ese infierno. Quisiera morir, pero no puede pues es un semidiós inmortal. Arde durante décadas, arde en la mismísima hoguera del infierno. Pero un día, ha sufrido tanto que sus fuerzas son ya superiores a la de los dioses medios, y se transforma, el dolor hace que se transforme, y de esta manera es capaz de escapar del fuego, dolor… Pero ya no es el mismo, se ha transformado en el mago blanco, un dios superior, casi invencible… Eso que parecía sólo dolor ha transformado a ese semidiós Gandalf Mitrindhil en una criatura de poder insondable. Tanto es así, que si no hubiese sido por esa transformación por el dolor, los “buenos” del señor de los anillos nunca hubiesen ganado la “guerra del anillo”, pereciendo el mundo entero en una nueva oscuridad.

El dolor te puede destruir, pero vencer el dolor te hace acercarte a los dioses. Esto es mitología, pero una mitología que es real. A todos nos ha pasado. Una vez salió un chico por la tele de unos veinte años hablando sobre los accidentes laborales. El chico era muy guapo de cara, pero le faltaba un brazo… ese terrible accidente laboral… Cual es la sorpresa cuando el chico termina declarando que esos terribles acontecimientos le han servido para “madurar”, para entrar en una nueva esfera del ser hombre, y que le ha venido bien perder ese brazo, pues ha ganado más de lo que ha perdido.

Se la vida finita o infinita, debemos de afrontar ese terrible demonio que es la desesperanza con una mezcla de resignación y una rendija abierta a una nueva esperanza. La vida puede ser horrible, pero estamos aquí, somos cada vez más fuertes, aguantamos el mismísimo fuego del infierno, el mismísimo fuego de la quimioterapia. Nos hemos enfrentado a gigantes nosotros solos, somos héroes. Los dioses se impresionan ante un espectáculo tan magistral. No se creen que hallamos combatido a gigantes, que hallamos ganado cientos de guerras, que hallamos sobrevivido en el mismísimo infierno; que hallamos llamado a las puertas de la muerte, y esta, asustada, no nos halla abierto; que podamos reír ante el mismísimo dragón del infierno; nosotros somos los valientes; nosotros somos el destino; nuestro dolor nos azuza a seguir adelante, a fortalecernos; nosotros somos el mañana; nosotros somos el camino; nosotros, desde nuestro dolor, creamos la nueva esperanza.

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