Disfrutar de la sexualidad

El amor y la sexualidad son las fuerzas más poderosas del universo. Hasta el violento destino del cosmos parece moldeado por fuerzas que se asemejan a la sexualidad humana: un gran estallido desde un cigoto originario, que era la “bola” del “Big Ban”; una expansión en donde se crearon las galaxias, los soles, los planetas; una maduración a lo largo de eras enormes; una reproducción posterior en sitios como la “Nebulosa de Orión”, en donde a día de hoy se están gestando soles del tamaño de una vez, que mañana tendrán el tamaño de soles como Antares (miles de veces más grande que el Sol); y claro, también está la muerte, mueren galaxias que colisionan contra otras; se apagan soles; se deshacen sistemas,… A veces dos galaxias chocan y forman una galaxia nueva, sobre las cenizas de las dos anteriores. Algo así es la sexualidad humana. Pero el chocar de los hombres y las mujeres no es violento al modo de las galaxias; pero sí apoteósico y podemos asombrarnos ante el crepitar que surge directamente de las entrañas de nuestros propios deseos de crear un nuevo destino. Es el destino del amor, y es el camino del sexo. Cuando se juntan ambas cosas, entonces entendemos el asombro que nos provocan el crepitar de las llamas de los soles más abismales de nuestro Universo. Curiosamente, el gemido de hombres y mujeres en el coito creador se parece un poco a ciertos sonidos que nos llegan desde el espacio, procedentes de lejanos soles, de inalcanzables, cuásares, o de inconquistables púlsares. En este artículo, disfrutar de la sexualidad.

Arder en el empuje de nuestros propios destinos

La sexualidad humana se empieza a disfrutar mucho antes de que tengamos las bragas o los calzoncillos por las rodillas: ya el deporte de alguna manera nos pone a tono, cuando vamos con la bici de montaña subiendo una ladera, ya la respiración entrecortada, la sensación de no poder más, el sudor cayendo por todos los lados, la cara como de extenuación y completamente enrojecida, o nuestros propios olores corporales, que nos dan información sobre nuestra propia receptividad sexual, ya todo eso recuerda algo al amor sexual (detesto la expresión “acto sexual”). Hacer deporte se parece un poco al orgasmo y al sexo. Además, uno siente que curte su cuerpo para el sexo, que si hacemos deporte y si estamos en forma, luego el amor sexual será la experiencia más apoteósica del mundo.

Después llegamos a casa, cansados del deporte, pero satisfecho tras el final del orgasmo deportivo. Este suele ser el momento de relajarnos, y quizás nos apetezca darnos una ducha… Entonces nos dirigimos hacia el baño, abrimos la ducha, y con ese sonido de fondo nos empezamos a desnudar. El deporte previo nos ha moldeado nuestro cuerpo, y eso hace que en la siempre algo sensual tarea de desnudarnos para lavarnos, apreciemos nuestro cuerpo curtido en el orgasmo del deporte. No hace falta espejos: nuestros ojos y nuestra piel ya nos da toda la información de nuestra propia desnudez: empezamos a quitarnos las zapatillas, luego los calcetines, nos quedamos descalzos y por primera vez, sentimos el aire frío sobre una parte de nuestra desnudez. Luego nos quitamos la camiseta, y quedamos con todo nuestro pecho al aire. Las mujeres luego se quitan el sujetador, y sienten algo especial cuando el frío del aire roza sus senos. Y al fin, nos quitamos los pantalones y nos encontramos nosotros frente a la ducha en calzoncillos o bragas. Ese es el elemento final. Al final con un movimiento de indiferencia nos quitamos los calzoncillos y bragas,Disfrutar de la sexualidad como si no pasase nada, como si quisiéramos pensar que es hacer algo tan común como quitarse el chubasquero al llegar a casa… Pero no.

En breves momentos ya estamos desnudos, y enseguida nos metemos debajo de la ducha, como esperando que el agua tape en parte nuestra desnudez. Procedemos del mar y a veces al agua nos hace de abrigo. Cuando el agua resbala por nuestros cuerpos de hombres o mujeres, sentimos la dulce caricia del calor del agua que devuelve el calor a nuestra sangre a través de la piel. Es la piel precisamente el mayor órgano sexual que existe. Y ahora nuestro órgano sexual al completo está expuesto aunque solo sea ante nuestros ojos… Al final salimos de la ducha, nos secamos, tenemos casi un decoroso deseo de ponernos la toalla por nuestra zona media, donde están las partes más polémicas del cuerpo masculino o femenino, como si algo dentro de nosotros nos incitase a sospechar que en esa parte yacen fuerzas muy poderosas, sobre todo cuando estas partes están descubiertas.

Luego nos ponemos el albornoz por encima y vamos a nuestra habitación. Quizás en esa noche hayamos quedado con alguien para poder disfrutar del orgasmo místico. Al llegar a la habitación nos quitamos el albornoz, quedando por segunda vez nuestros cuerpos de hombres o mujeres desnudos. Otra vez sentimos que poderosas fuerzas nos acechan, sobre todo al tener conciencia de que, en unas horas, estaremos otra vez desnudos, pero ahora cara a cara con nuestra otra parte de nuestro Universo. Será el encuentro de dos galaxias; será el encuentro de dos pieles.

Al final ya nos acostumbramos a nuestra desnudez por un breve instante, situado en una tensa calma. Y ahora nos ponemos a elegir la ropa que nos pondremos como un armazón para atrevernos a encarar un mundo que no sabe lo cachondos que estamos. Pero la ropa es siempre muy poco decorosa: si no hubiese ropa no habría desnudo, enamora lo oculto, y cuando se muestra lo oculto entonces surge lo sagrado. Nos ponemos nuestras mejores galas, sabiendo que en unas horas serán retiradas. Elegimos los calzoncillos o bragas que más nos gustan, esa parte del armazón es importante, igual que el sujetador. Encima de todo nos ponemos los vaqueros, que nos hacen de armadura de las piernas; y por arriba un suéter. Las botas también son importantes, es la plataforma que nos eleva sobre el suelo de nuestra propia desnudez.

Y al final, tras interminables segundos, minutos, horas, de espera, salimos de casa. Quizás se nos atragantó la cena; quizás no pudimos disfrutar viendo esa película que tanto nos gusta. Los nervios hacen trizas nuestro organismo y parece que somos un ser biológico que no cesa de temblar con carnes trémulas y desgarradas por la incertidumbre. Una vez fuera, nos dirigimos hacia el lugar de nuestra cita con nuestra amada. Según vamos llegando al lugar señalado, al final, ya la vemos a lo lejos: está de espaldas, luciendo un espectacular pantalón baquero que la ciñe sus caderas; y un hermoso suéter que deja sus hombros y sus brazos al descubierto. Al llegar a ella, la tocamos en el hombro, y esta se da la vuelta, poniendo al vernos esa cara de felicidad que sólo por poder ver ese semblante en una mujer (o en un hombre), merece la pena vivir.

La noche transcurre según lo planeado: primero la cena; luego un paseo por la ciudad; luego un café; y al final, vamos a algún local de moda. En todo esto seguimos con un nudo en el estómago, pues sabemos que hemos decidido que a las doce de la noche exacto, la hora de los vampiros, nos dirigiremos, juntos y cogidos de la mano, hacia esa habitación en ese piso vacío.

Al entrar en el piso y cerrar la puerta, quedando en medio de una nada inquietante oscuridad, las sensaciones invaden nuestras temblorosas carnes. Luego se enciende la luz, y sentimos el tacto del roce de nuestra amada o de nuestro amado cuando esta nos coge la mano, como diciéndonos “es la hora de afrontar nuestro destino”. Nos dirigimos directamente hacia la habitación. El que entra el último cierra la puerta, no hay nadie más en casa, pero hacer estas cosas con la puerta de la habitación abierta siempre genera cierta inquietud, como si los espíritus del más allá que aguardan escondiéndose en la oscuridad del pasillo pudiesen expiar la realización de nuestro destino conjunto.

Al final, cuando ya estamos resguardados bajo la luz anaranjada de nuestra habitación, abrazamos a nuestro amado o a nuestra amada. Y luego la besamos, casi parece que queremos absorber toda su boca y todo su ser. Las manos también empiezan a participar en esa fusión de galaxias, y con ellas palpamos todo el cuerpo de nuestra amada, sus caderas, su culo, sus senos. Ella también nos abraza a nosotros, momento en que la respiración empieza a ser entrecortada, pero no nos falta el aire: nos sobra la ropa.

Al final nos metemos en la cama tras quitarnos el calzado, pero seguimos vestidos, y es ahí cuando empieza el lento desvelarse del velo de maya que tapa la verdadera realidad detrás de la ropa.

Poco a poco, la ropa empieza a desaparecer, entre besos, entre abrazos, entre caricias y en medio de una agobiante respiración tan cargada que casi no somos capaces de respirar sin gemir. Cuando la fina piel de nuestra amada empieza a estar al alcance de nuestros ojos, vemos entonces que nos dirigimos hacia un encuentro sin remedio. La excitación sigue subiendo, según le quitamos el suéter y la blusa a nuestra amada; sube cuando la vemos al fin en sujetador, con su fina y rosada piel que aumenta aún más nuestras ganas de fusionarnos con ella. Llevamos nuestras manos hasta sus senos, aún con el sujetador puesto. Y luego agachamos la cabeza y chupamos sus senos. Ella al final se termina por quitar el sujetador, no lo soportaba más y su respiración se empieza a agitar hasta que un gemido intermitente sale por su boca entreabierta. Y sus ojos, como si estuviese en otro mundo.

Nosotros vemos los pechos de nuestra amada al descubierto, los tocamos en primer lugar, y luego chupamos sus pezones. Al final, nos vamos hasta su boca, y al llegar a ella, ella parece que intenta atraparnos con sus labios, para que ya nunca nos escapemos de su boca… Pero hay otros mundos, y están más abajo.

Nos bajamos un poco, besamos el vientre de nuestra amada, y al final llegamos hasta el botón de sus vaqueros. Lo desabrochamos, y un gemido ensordecedor se oye salir de la boca de nuestra amada justo en el momento que empezamos a arrastras los vaqueros hacia abajo. Al final, nos ponemos de rodillas sobre la cama y vemos a nuestra amada llorando y gimiendo, con su piel rosada al aire, y con sus finas braguitas blancas de encaje como única ropa. Ella entonces nos suplica que se las quitemos. Nosotros llevamos las manos hasta las bragas, y las cogemos, y las arrastramos poco a poco hacia abajo, al final, estas salen por sus pies.

Al final, nuestra amada está ya desnuda, pero nosotros sólo tenemos desnudos los pies. Ella nos mira y nos dice que llegó nuestro turno. Empezamos a quitarnos el jersey, y al fin dejamos nuestro pecho al aire. Cuando el frío roza nuestra piel, nos recuerda las sensaciones que tuvimos cuando nos desnudemos para entrar en la ducha. Luego llevamos las manos hasta los botones de nuestros vaqueros, ella en este momento emite un gemido de angustia perpetua. Al fin, nos desabrochamos los botones y nos quitamos los vaqueros. Nos quedan ya solo los calzoncillos. Ella hará los honores: nos ponemos por encima, con nuestro pecho a la altura de su boca, y ella con sus manos nos quita la última llave que nos separaba del abismo de la desnudez. Ella gime al ver las armas con las que conquistemos mundos.

Luego es momento de tocar y de chupar, entre gemidos, entre abrazos, para de vez en cuando volver a la boca originaria que todo lo besa y que todo lo atrapa. Retozamos juntos, nos abrazamos, damos vueltas formando una unidad de un hombre y una mujer que se abrazan, mientras nuestras manso terminan por tocar y apropiarse de todo su cuerpo. Al final, hay una tensa calma. Nosotros nos posicionamos por encima de nuestra amada, los dos juntos, tumbados uno sobre otro. Y al final miramos hacia abajo mientras nuestra amada mueve una pierna hacia un lado. Tras un leve movimiento hacia arriba, un gemido demoledor se oye en la atmósfera. Y luego, empieza la sucesión de gemidos, como intermitentes, mientras nosotros cabalgamos por las praderas celestiales encima de nuestra montura hacia las estrellas.

P.D: me paree que tengo revolucionados los estrógenos…

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