El amor a las mujeres

Quizás es extraño, pero con lo de mi fobia social, mi depresión, mi timidez… casi me he pasado cerca de 10 años en los que apenas he visto siquiera mujeres, salvo mi madre. Recuerdo por ejemplo que cuando yo iba al super de la localidad vecina con mi madre a hacer unas compras, yo cuando llegaba a la zona de los tintes para cabello, me quedaba embobado mirando los hermosos rostros de mujeres que ilustran las cajas de estos tintes. Eran rostros de mujeres hermosos, jóvenes, expresivos… para mí eso era un placer, ver mujeres, aunque solo fuese en las cajas de los tintes. Esto supongo que es casi cómico, pero pido comprensión a los lectores, y que no se escandalicen de mí. Si ver a los rostros de mujeres en las cajas de los tintes ya era para mí un placer sin igual, se pueden imaginar los lectores lo que significaba entonces cuando yo iba por ejemplo a Madrid a alguna de las entrevistas de trabajo que empecé hace unos dos años. Recuerdo la sensación que yo tenía cuando iba en el autobús desde Salamanca hasta Madrid, es esa sensación de sentirse vivo, de estar vivo, de ver a gente con planes, gente normal, no monjes sabadicos como yo, gente que iba con sus móviles, hablando con total naturalidad, que tenían su vida normal, que no tenían ni depresión, ni fobia social, ni timidez… era personas normales y felices. Y ellos cuando me veían bien vestido, bien peinado, con una cara simpática y con un cuerpo normal, seguro que pensaban que yo era uno de ellos, un chico normal y feliz más, un urbanita como ellos que tenía amigos, que disfrutaba del amor de las mujeres y de los placeres de la libertad del mundo moderno. Y cuando llegaba a Madrid… la estación de autobús desembocaba al lado de una parada del metro. Aún sin salir del edificio de la estación de autobús se podía entrar en el edificio del metro sin ver el cielo azul siquiera, más que a través de las grandes paredes de cristal que cubren algunos de los fondos de los grandes pabellones. Y al fin… bajaba al metro. Yo veía a gente por todos los lados, los envidiaba por qué no decirlo… yo que era tan infeliz, que vivía emparedado vivo, veía a ellos felices, vivos, con una vida en una ciudad, con amigos, algún chico iba con su novia… y yo tenia a todos ellos una sana envidia. Al final yo compraba el billete de metro, bajaba por las escaleras mecánicas.. y más gente por todos los lados, sobre todo me fijaba en las mujeres, eran hermosas, con alguna de ellas coqueteaba tímidamente con la mirada, y supuse que eso significaba que yo a lo mejor las parecía un tío interesante… Y al fin llegaba al metro, esperaba a que llegase a la estación, y entraba dentro. Allí más mujeres, jóvenes y no tan jóvenes, de todos los tipos. Yo a veces sentía un fuerte aroma de mujer llegando hasta mis fosas nasales, aroma que yo paladeaba con gran deleitación y placer… Yo mismo me decía a mi mismo que estaba demasiado salido… Y al final llegábamos al destino, me bajaba y entonces ahora era cuestión de subir por las escaleras mecánicas hasta al nivel del suelo. Entonces ya mi goce supongo que alcanzaban su cenit máximo, cuando podía ver justo enfrente de mí a un montón de atrayentes traseros de mujeres, justo unos peldaños por encima de mi posición en la escalera mecánica. Yo supuse que el paraíso tenía que estar junto al trasero de una mujer. Sí, escandalizante… pero muy natural, yo no tengo la culpa de que Dios hiciese así a los hombres. ¿Qué quieren las feministas? ¿Que me corte las pelotas? ¿Se supone que tengo yo que rehacer de otra forma lo que Dios hizo de esta forma? ¿Se supone que tengo que reprimirme como llevo reprimiéndome demasiados años de mi vida, y seguir con mi infierno particular que consiste en tener que ver rostros de mujeres solo en las cajas de tinte del supermercado?

Las feministas castradoras

Y es que si he tenido 4 críticas negativas, y 150 críticas positiva, eso es suficiente como para que uno se fije en las 4 críticas negativas antes que en las 150 críticas positivas. Las feministas a veces olvidan que los hombres tenemos tan cerca de nosotros mismos a muchas mujeres, que hasta nosotros mismos somos en parte una mujer, debido a que todos los cuerpos biólogos de mamíferos (creo) son en realidad cuerpos de mujer que son “transformados” por acción de la testosterona. Es cuestión de azar que nosotros mismos no seamos mujeres, aunque seamos en gran parte una mujer. Un hombre sólo es una mujer embrutecida. Pero somos hombres, y no podemos ponerle remedio a eso más que con una buena navaja de Albacete y un par de pelotas que deberán desaparecer al final del proceso de autocastración. Las feministas deben de exigir a la ciudadanía que sea más culta, sea más justa, que no se les pague menos a las mujeres… No que los hombres nos castremos o finjamos que no nos gustan las mujeres y que no nos volvemos locos ante la visión, olor, silueta… de una mujer. Alguna feminista más que nada debería de pasarse unos años por la universidad estudiando algún tipo de carrera, antes de ir por ahí hablando de lo que no sabe y haciéndose pasar por teóricos del conocimiento o por científicos y creyéndose con derecho a hablar de mujeres sólo porque ella es mujer. Una persona que rueda colina abajo no es físico aunque participe en las leyes de la física. Para ser físico hace falta estudiar y saber más de física. No vale con participar de las leyes de la física. Esas feministas que tienen como gran misión feminista el comprarse unas buenas tijeras en el supermercado e ir por todas las ciudades del globo dándole una pasadita con las tijeras a los hombres por sus partes nobles, deberían de recordar que han sido a veces las pelotas de los hombres las que han tenido la tesón necesaria para lucha por los propios derechos de las mujeres, en contra de esas injusticias que han atemorizado tanto a mujeres; como a otras persona de clase baja, en manos de organizaciones gigantescas que se mueven entre el estado estalinista; y la empresa monopolística: siempre mirando para otro lado ante las injusticias. Es más: siempre intentando sacar provecho de todo tipo de injusticias.

Amar a las mujeres para siempre

Dicho lo dicho, yo no me castro, ni simbólica ni realmente. A mí me gusta ser un hombre porque así puedo amar a mujeres. Me conformo con una (y esto no lo digo para que lo lea ninguna mujer en especial…), no necesito para nada ir de flor en flor. Más que eso me conformo con una que me enamore, que me sienta a gusto a su lado, que me guste tanto en cuerpo como en alma… Y es que una mujer no solo nos gusta por su físico; también nos gusta por su forma de ser, por su psicología, por sus finos modales… Ellas nos enamoran y luego resulta difícil ir “de flor en flor”. Yo no quiero eso, quizás en otro tiempo… pero no ahora. Al fin y al cabo, la primera vez que tuve uno de esos “pinchitos de una noche” estaba tan nervioso que se me levantó a medias y se me quedó “morcillona”… al final la dije a la chica que no había disfrutado y que más que nada había sido como hacer “gimnasia”, por lo cansado que me pareció eso… Supongo que todos perdemos la virginidad de una forma caótica y normalmente la primera vez no se disfruta mucho. Los nervios te traicionan y lo que tiene que subir no sube tanto ni tan duro.

Al final uno quiere buscar a una mujer que le guste de verdad, con la que tenga confianza, con la que tenga esa empatía de espíritu tan poderosa… Esas parejas de chico y chica que van por la calle en esa típica pose de cachondeo precoital, con risas, con miradas, con una complicidad en su comportamiento que se ajusta como las ruedas de un reloj, ese es un poco el modelo de lo que es para mí el amor perfecto. Ni pinchitos de una noche, ni estar casado poco menos que con tu hermana.

Yo ya llevo dos años fuera de mi monasterio. Ahora también puedo ver mujeres más allá de las cajas de tinte de supermercado. Sin duda he ido aprendiendo mucho de mujeres en todo este tiempo. Supongo que eso ahora sí me permite entrar en esa fase del tener novia, del tener pareja, del convivir con ella… Antes no tenía unas habilidades sociales mínimas para hacer estas cosas. Yo me doy cuenta que sigo aprendiendo mucho de mujeres y de la vida en general. Ahora no me enseñan los libros: me enseña la práctica, el salir por ahí, el dialogar con mujeres… Y así yo voy puliendo mis habilidades de tratar con las mujeres, y de conquistarlas cómo no. La conquista de una mujer a veces se basa en ser uno mismo, eso sí, atractivo, carismático… Ellas se vuelven locas ante un poeta un poco macarrilla… Supongo que lo de “macarrilla” puede asustar a alguna que otra mujer. Pero yo por eso las digo a veces que por encima de todo soy tonto de puro bueno… A veces no se lo creen, pero la mayoría de las veces ven que es verdad. Curiosamente el ser una buena persona, tranquila, delicada… es algo que gusta a muchas mujeres… A ellas por lo general les gustan los hombres tranquilos pero activos a la vez, para que así esa tranquilidad no se convierta con el tiempo en aburrimiento. No gustan los locos ni las locas, ni tampoco la gente aburrida. Muchas cosas vividas ya con mujeres y muchas que me quedan por vivir. No sé cuantas me quedan por contar, porque supongo que a veces soy un escandalizador muy bueno… Pero siempre seré mejor como persona, que no olviden eso mis amadas feministas talibanes.

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