El arte de la seducción

Me parece que fue Santo Tomás de Aquino quien protagonizó una de las anécdotas de filósofos más delirantes de todos los tiempos. Estaba tranquilamente en su alcoba estudiando unos libros de Aristóteles. La soledad invadía todo. Estaba en una especie de abadía perdida en la inmensidad de la naturaleza de la Edad Media. Tranquilidad por todos los lados, el frió del invierno apaciguaba hasta los ruidos de los animales… La oscuridad era total, con excepción de las velas y lámparas de aceite que daban una leve iluminación… arte de seduccionBien, pues eso, estaba Santo Tomás tranquilamente en su alcoba, cuando de repente se abre la puerta de su habitación con un leve chirrido de bisagras… Santo Tomás se estremece de miedo, especialmente cuando ve quien es la indeseable invitada que ha ido a perturbar su amada paz: justa acaba de traspasar la puerta que conduce a su alcoba una mujer, y no una mujer cualquiera, una muy hermosa, con un vestido de seda que deja adivinar sus encantos. Pero Santo Tomás estaba muy al tanto de las advertencias en las bulas papales sobre las mil formas que puede adoptar el diablo: el mal es tentador, seductor… y creyendo que, en este caso concreto esa sensual mujer no podía ser más que una manifestación del diablo tentador, que habría cogido una “salamandra encantadora” y la habría enviado a tentarle por medio de su sensualidad, no se le ocurrió mejor remedio para combatir el mal que coger una tea ardiendo de la hoguera que calentaba su habitación, y perseguir a esa mujer que le iba a traer la ruina por todo el recinto con la tea incandescente… La imagen es bastante espectacular: en esa Edad Media oscura y escasa de hombres y mujeres, la escena de un Santo Tomás corriendo detrás de una mujer con una tea encendida por media comarca para intentar quemarla… es una imagen que haría reflexionar profundamente a cualquier psicoanalista…

Luego se terminaría descubriendo que esa mujer la había enviado la familia de Santo Tomás para, efectivamente, tentarle y seducirle, y que de este modo iniciase una carrera eclesiástica a la que se negaba, y quizás mostrándole los placeres que tenían el privilegio de disfrutar el alto clero…

Me parece una anécdota lamentable: ¿para qué quiere un hombre tener el intelecto de un filósofo, si luego ve una mujer tentadora, se cree que es el diablo, y sale corriendo detrás de ella para intentar prenderla fuego…? ¿No sería mejor pensar un poco menos, pero a cambio, aprender el arte de seducir, de hacer que los demás se queden prendados de nosotros, sean familiares, amigos o amantes? Occidente a contestado de forma negativa a esta pregunta: lo importante aquí es la teoría. Todo lo demás se debe dejar a la improvisación: edúcate en los valores establecidos hasta los 20, luego busca una profesión, cásate con una mujer con la que debes de pasar obligatoriamente el resto de tu vida, ten hijos y edúcalos de la forma que te venga más a mano. Eso de educar el alma para conquistar a los demás es un artefacto diabólico, se debería hasta prohibir, es un arte macabro, parecido a los rituales de brujería de la Edad Media. Recordemos que hasta hace poco, era obligatorio vivir de esta manera. Franco y sus secuaces consideraban una gran victoria que los españoles siguiesen practicando la vida como está mandado, respetando los mandamientos de la ley de Dios…

Pero esa forma de vida no debe de ser tan buena si ya a muy pocos les motiva vivir así. De repente, casi de un día a otro, nos encontramos en un mundo en donde las personas ya no valen en función de la familia a la que pertenece, en donde las ideas se expanden a la velocidad de la luz, donde el éxito o fracaso en nuestra vida lo decide nuestra forma de ser, en donde a las mujeres se les ha dado en gracia la posibilidad de elegir los hombres con los que se acuestan… y a los hombres la posibilidad de elegir los otros hombres que quiere que sean sus amigos y sus aliados.

Es este el contexto en donde surge el arte de la seducción (también conocido como sargeo) En el fondo es toda una forma de vida, toda una filosofía: salir por la calle con nuestro estilo propio para pasear posteriormente por las calles de nuestra ciudad con la elegancia de un dandy, mientras que miramos confiada pero amablemente a las caras de los interesantes transeúntes, para terminar eligiendo una persona o grupo de total desconocidos con los que empezaremos a interactuar.

Y todo esto con un objetivo principal: perfeccionarnos como hombres, como hombres que interactúan con mujeres y con otros hombres, mujeres que se acuestan con quien quieren, y no con quien dice el obispo, y hombres que se hacen amigos de quienes quieren, y no de quienes les recomiendan su padres…

Siempre nos gusta destacar a los que estamos metidos en este mundo, que esta filosofía de vida no se debe de adaptar para conseguir resultados: en tus interacciones da igual si consigues algo o no con los demás; lo importante es mejorar como hombre, mejorar como seductor, desensibilizarte del “qué pensarán”, hacer de tus interacciones sociales una obra de arte… y eso, el arte tiene su fin en si mismo: vemos una película o escuchamos una canción no para nada más que para divertirnos, a diferencia de cuando, por ejemplo, trabajamos, que lo hacemos a cambio de un sueldo. La seducción no es un “trabajo”, es un arte, lo hacemos porque disfrutamos haciéndolo, disfrutamos perfeccionándonos como hombres, como amigos, como amantes. Lo hacemos como fin en si mismo, nos sentimos orgullosos de ser “seductores” y de ser sargeadores. Nos sentimos orgullosos de ser nosotros… nosotros, que por lo general hemos coqueteado mucho y no con mujeres, si no con la muerte. Nos sentimos orgullosos de seguir vivos, somos reliquias, hombres que creemos que sufrir no es algo malo, sino que te prepara para los placeres futuros. Fuimos odiados en su día porque éramos tímidos, y hoy somos odiados aún por algunos, porque no hacemos lo que deberíamos hacer: ser tan cretinos con las mujeres y con los otros hombres que no tengamos más ocurrencia que salir corriendo detrás de una mujer con una tea encendida sólo porque en el fondo la amábamos, la queríamos, la deseábamos, y como no la podíamos tener, deberíamos de, para consolarnos, destruirla.

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