El dragón y el ratón (cuento de navidad)

El dragón y el ratónPatrocinado por La Reina de los Hielos

–Sí, ya entiendo por qué tenemos que poner un árbol adornado en la entrada, y dejar algo de hierba a su lado –Dijo Erik– . El árbol representa la renovación de la naturaleza para que todo siga girando. Y la hierba es para los agotados renos de Papá Noel, pues él nos agradece nuestra colaboración preparando el árbol, con unos cuantos regalos para Navidad.

»Y sí, entiendo por qué tenemos que poner también un belén, y junto a él unas cuantas zanahorias. El belén es el símbolo de la renovación de la vida. Y nosotros, ayudamos a la renovación del equilibrio cósmico representando al hombre y al mundo. En compensación por ello, los Reyes Magos nos obsequian con más regalos. Y las zanahorias son para los exhaustos camellos de los Reyes.
»Pero lo que no entiendo es por qué tenemos que poner también un trozo de queso al lado del Belén. ¿Acaso los camellos comen ahora queso…, tío?
Erik acababa de cumplir los cuatro años, y no entendía muchas de las extrañas cosa que hacían los adultos. Aun así, se esforzaba por aprender día a día, pues sabía que nadie nace sabiendo, pero que algunos viven sabiendo. Él se conformaba con vivir aprendiendo.

–Cierto. Eso no te lo he explicado nunca –dijo su tío Evaristo, que pasaba la noche de Reyes junto con la familia de Erik–. Esta noche, puede ser una buena oportunidad para explicártelo. Te contaré la historia de lo que sucedió, pequeño Erik. Todo empezó en una noche de Reyes… en la que estos no pudieron volver al mundo.
–Entonces, ¿estos no pudieron repartir los regalos? –preguntó Erik.
–Oh no… –contestó Evaristo–. Pero bien sabes que eso es lo de menos. El problema gordo, es que el mundo se detuvo.
–Cuéntame tío –dijo Erik–, cuéntame para quién es el queso.

–Y en aquella noche –empezó a contar Evaristo–, los Reyes Magos retornaban al mundo otro año más. Todos los años hacían el mismo recorrido. Para poder acceder hasta la tierra de los mortales, tenían que atravesar el gran puente de Bifrost, que permitía franquear el gran Abismo de la Eternidad. Como todos los años, los tres Reyes, se dirigieron hasta dicho puente. Pero algo no iba bien. Antes de llegar al mismo, pudieron ver a lo lejos una oscura y tétrica mancha. Cuando llegaron al fin hasta el puente, vieron que alguien había construido una monstruosa fortaleza, con una altísima torre, que impedía el acceso hasta dicho puente. Uno de los tres Reyes, se bajó de su camello, y llamó al gran portón del castillo:
–Toc, toc, toc…
Tras un rato, se puedo oír una lejana y tenebrosa voz:
–El puente ha sido tomado. El señor de Vandor no permite el paso. ¡Idos de aquí!
Y así, los tres Reyes no pudieron pasar, y el mundo se paró. Hubo largos años de desolación. El cielo se oscureció. Los ríos se congelaron. El eterno invierno marchitó las flores, y ya no fue posible el regreso de la primavera. En el mundo entero se empezaron a sentir las consecuencias de la decadencia. Conscientes de la situación, tres grandes señores del mundo, decidieron actuar para intentar derrocar al señor de Vandor y derribar su oscura morada: el emperador de Ilan mandó hasta la fortaleza un poderoso dragón de gran furia y poder; el rey de Yonin, fue más cauto, y decidió enviar hasta el castillo a un pequeño y astuto ratoncito. Y en último lugar, el señor de Laris, decidió que las cosas se solucionarían solas, y tras tomar la decisión de no hacer nada, dijo:
–Hemos hecho todo lo que hemos podido: nada.

En no mucho tiempo, el gigantesco dragón y el pequeño ratón llegaron hasta la fortaleza. Ambos tenían como misión derribar el castillo y retornar el orden al ahora desolado mundo. Cuando el gran dragón vio al pequeño ratoncito, no pudo por menos de envalentonarse, y con su furiosa mirada le dijo:
–¡Pero mira la insignificante criatura que ha mandado el rey de Yonin! ¡No podrás siquiera ni roer uno de los tapices del castillo jaja…! –rió coléricamente el dragón, para a continuación lanzarse en una espiral de furia y fuego contra el castillo. A su vez, el ratón empezó a cavar un agujero, para internarse en la ciudadela. En no mucho tiempo, los ejércitos de Vandor contuvieron la furia inicial del dragón, y en poco tiempo más, la soberbia mirada del dragón se apagó, y este calló al suelo y murió.
–¡Vandor vence! –se pudo oír en el interior de la fortaleza.
Pasaron los años, y el gran castillo consolidó su posición. Los Reyes Magos nunca pudieron volver a pasar por el puente. Pero un día, mientras que el gran señor de Vandor se maravillaba mirando la majestuosa torre, y pensaba en que con similar construcción nada podría vencerle, algo pasó: algo se empezó a mover por la torre. Iba de arriba a abajo… Al principio parecía una serpiente, pero al final se pudo ver como una monumental grieta se habría camino hasta llegar al suelo, y la torre, con un estruendoso sonido, se venía abajo. En no mucho tiempo más, todo el gran fuerte, se empezó a desmoronar. Al día siguiente, un águila sobrevolaba las ruinas del fuerte, a la vez que un pequeño ratoncito, pasaba a través del por mucho tiempo sellado puente de Bifrost, seguido de cerca por los tres Reyes Magos, que al fin pudieron retornar al mundo. Y así el equilibro volvió al cosmos.

–¿Fue ese ratón verdad? –preguntó Erik– . Fue ese ratón el que derribó el castillo. Se pasó años royendo sus entrañas, hasta que al final, con tesón, pudo derribar la monstruosa obra.
–Fue ese ratón –contestó su tío–. Su constancia e inteligencia pudo más que la soberbia del gran dragón. Cuentan que desde entonces, ese pequeño ratón acompaña a los Reyes. Y es para agradecerle su labor, por lo que ponemos el trocito de queso junto al belén.

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