Entre el campo y la ciudad

Creo que nuestra infancia nos termina marcando de forma muy profunda en nuestro desarrollo como personas. Yo he vivido en un pueblo casi toda mi vida, con la excepción de dos o tres años que los pasé viviendo en una pequeña ciudad de provincia… Hoy he vuelto a esa ciudad gigantesca llamada Madrid Donde vivo no hay trabajo casi, y hay que buscarse la vida. Y lo cierto es que esa ciudad me sigue causando las más ambivalentes y distintas sensaciones. Sus calles son un hervidero de gentes de todos los tipos, he podido ver personas y escenas de lo más pintorescas en una sola mañana: sintechos con carteles de que “son españoles y piden ayuda”; personas con todo tipo de minusvalías vendiendo cupones de la once; mimos callejeros; una tuna que canta a cambio de unas monedas; un señor que va por ahí ofreciendo limpiarte los zapatos por algo de dinero;… y sí, muchas mujeres, como una preciosa turista creo con la que me he estado mirando un total de una media hora en una terraza… Y lo cierto, eso es lo que precisamente me encanta de Madrid: está todo lleno de tías buenas, que encima te clavan la mirada; los coqueteos con las habitantes de Madrid se hacen intensos en extremo… Uno siente que en esa ciudad es muy fácil ligar. Sólo hay que salir a la calle a jugar con las miradas: aquellas chicas que entren en nuestro juego de miradas, se convierten en objetivos muy fáciles… Y precisamente son las mujeres lo que amo sobre todo de Madrid. Por lo demás, creo que cuando me canse de ellas (o ellas se cansen de mí…), no tendré especiales motivos para querer vivir en una ciudad gigantesca. Y es que, yo he nacido en el campo, y moriré en el campo… No me veo viviendo en una mega ciudad más que hasta que me canse de las mujeres… Luego, siempre me espera una línea de autobús para que me devuelva a donde de verdad pertenezco: yo me enorgullezco de ser de campo, casi no se liga porque no hay mucha gente… Pero la naturaleza compensa esa carencia de los pueblos de España: los paisajes; el encanto de los rincones mágicos; la naturaleza que lo abarca todo; el cielo inmenso sobre ti, que te acoge en una tierra que sientes que es tu verdadera patria;… En este artículo, entre el campo y la ciudad.

La causa de nuestra decadencia

Y es que, paseando entre las abarrotadas calles de la ciudad de Madrid, uno se pregunta por qué la actual crisis económica que nos golpea no es aún más profunda…entre el campo y la ciudad El pasotismo de la sociedad nos ha llevado a la actual situación de debacle económica; pero la verdadera debacle es la cultural: este es un país estéticamente en estado agónico, no sé donde está el estilo, no sé donde está ese orgullo de pertenencia a una casta elevada; no entiendo por qué la gente empieza a colgar en los balcones las dichosas banderitas de España,… Creo que esto último es un forma de animar a nuestra selección de fútbol. Pero sinceramente, los verdaderos patriotas no deberían por menos de preocuparse encarecidamente por la falta de sentimiento estético elevado que no es capaz de producir nuestra sociedad… Yo he pasado cerca de 10 años con depresión, pero aún soy capaz de sentir lo sublime, aún soy capaz de estremecerme hasta casi llorar cuando siento que algo es grande, cuando siento que algo me estremece de verdad… De esta crisis no se sale con políticas económicas: se sale con estilo, con estética, con la construcción de un camino hacia una civilización alternativa.

Me parece genial que Madrid tenga unas mujeres que están muy buenas; pero eso no me llena del todo. Me gustan las mujeres desde hace poco; pero lo sublime, la belleza, la naturaleza, me gusta desde siempre, y me gustará hasta el día que me muera. Se de buena tinta que yo moriré con un espléndido cielo elevado sobre encima de mí. La naturaleza protege nuestro espíritu, nos hace sentir que estamos fusionados con lo sublime, con los espíritus que trazan los senderos de lo salvaje hacia la civilización estética.

Lo rural y lo urbano

Yo soy un verdadero hombre, porque me he terminado por convertir en ello a base de luchar. Los genes no están de más, no está mal tiene algo de suerte en la lotería genética. Pero eso no basta: creemos que construimos parte del edificio de lo que somos; y sentimos los que pretendimos ser arquitectos de la nueva humanidad, que algo muy gordo apesta en nuestra malograda ruina de civilización. Yo espero amar a las mujeres durante mucho tiempo… He empezado tarde en esto, pero es tan deliciosa la sensación de mirarse, de pillarse las miradas con una chica que está sentada a unos metros enfrente de ti en la terraza, de coquetear, de intercambiar alguna sonrisa, de saber que tú la gustas y que ella tu gusta, de sentir que todo eso te estremece hasta casi perder el sentido… eso es maravilloso, pero no me vale: las mujeres me llenan, pero sólo los vacíos que me deja mi pasada pertenencia a una civilización alternativa, a una civilización en donde amamos a los árboles, a las praderas, a los rincones mágicos…

Y sigo siendo un orgulloso hombre de campo, el orgulloso mantenedor de una casta que ama la naturaleza, que sueña con poder salvar las sensaciones estéticas de nuestro lado rural, de nuestro pasado que retorna hasta impactar en la decadencia del presente. Y soy un hombre orgulloso: no hay ahora mismo hombres más orgullosos sobre la tierra que los que pertenecemos a nuestra casta. Amamos a la naturaleza y amamos a las mujeres. Esperamos que la naturaleza también nos ame a nosotros, que de alguna manera las fuerzas inconscientes que mueven el sentido del salvajismo que nos rodea, sientan ellas también que nosotros mismos estamos ahí, que nosotros mismos somos capaces de sostener a dioses perdidos, con  nuestra casta, con nuestro orgullo… Y desde luego, estamos seguros de que amamos ahora sí también a las mujeres, y estamos seguros de que ellas nos aman a nosotros a ratos. Quizás somos los de nuestra casta demasiado sinvergüenzas para que las mujeres nos amena  tiempo completo; pero en el fondo, eso ya lo sabíamos: te querré mucho, eres la mujer de mi mes…

La síntesis entre el campo y la ciudad

A veces necesitamos poner tierra de por medio para poder aclarar nuestros pensamientos… Y mi viaje de hoy a Madrid, me has servido, ojalá que aparte que para encontrar un trabajo, para volver a recordar pensamientos y conceptos que ya empezaba a olvidar… el pintor tiene que alejarse de su obra un poco si quiere contemplar su creación desde una perspectiva más adecuada. Así, a veces, ir a otros lugares simbólicos, puede ser una buena forma de sentir que empezábamos a estar equivocados, de sentir que siempre tuvimos algo muy grande en nuestra casta. Va más allá del estúpido orgullo pueblerino: los paletos no saben ligar. Nosotros no somos paletos: somos hombres misteriosos, que se funden con los rubores de los ríos al fluir: que se pierden entre los bosques que nos acogen y que nos transmiten mensajes prohibidos; que disfrutan al calor de las hogueras de otoño, cuando el humo envuelve el paisaje juntándose con la niebla, y a nuestras entrañas de nuestras elevadas castas llegan sensaciones que ya hace tiempo creíamos que habíamos perdido para siempre,… Y todo esto, fue algo que amemos, pero llegó un día en donde empezamos a sentir que esto no era suficiente, que nuestra vida ya no podía llenarla sólo el pertenecer al lado salvaje de nuestra arruinada civilización. Ese día, algunos empecemos a interesarnos por eso que decían que era lo que más placer daba en este mundo: las mujeres.

Yo soy un hombre orgulloso de mi casta, pero no caigo en las marranadas al estilo de los nacionalistas vascos y demás. No tiene por qué ser así. Si algo no nos gusta, esa es una buena oportunidad para intentar remendar las cosas, para intentar buscar caminos alternativos, formas alternativas de amar a las mujeres… Y entre las nieblas y los humos de esos nacientes días de otoño, ya no estaremos solos los hombres que se nos había olvidado reír: todo era serio, acabar con nuestra propia decadencia era un objetivo que no podía admitir la coña… Pero ahora, sabemos que reír es algo serio, que entre el medio de los páramos, de las montañas, de los bosques… se oyen risas, risas que son en parte nuestras risas; y también son en parte las risas de las mujeres, mujeres que nos encontremos en devastadas civilizaciones que colisionaron con nuestro orgullo de casta… Y nosotros, creímos que éramos ya lo suficientemente grandes para poder enseñar a esas mujeres los secretos que descubrimos en las tierras salvajes. Y ahora sí, ya podemos volver a gozar de lo que creímos prohibitivo de los dioses: nosotros amamos el campo, nosotros somos patriotas de una nueva civilización, nosotros nos perdimos entre praderas en donde el humo de las primeras hogueras del otoño se fundía con las nieblas de la mañana. Y hicimos todo esto, ahora sí, acompañados, de la mano de hermosas mujeres, a las que les podemos empezar a desvelar el secreto más allá de las ciudades que colisionaron con nuestro mundo hasta casi hacerlo estallar en mil pedazos. Ser hombres peleones, transmutados, orgullosos de nuestra casta y de nuestras raíces alternativas, no está reñido con no poder amar, con no saber amar. Nosotros los que sentimos que fuimos abrazados por fuerzas ancestrales en lugares prohibidos, sentimos que esta es una buena oportunidad para renacer. Desde luego, somos síntesis, somos mezcla. Mezclar es peligroso, porque algo puede explotar. Pero también es la solución a nuestros dilemas, y por supuesto, es la solución a nuestra soledad.

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