La naturaleza como terapia para nuestra alma

la naturaleza y el culto a los dioses olvidadosRecuerdo un programa de la tele donde salía el testimonio de un hombre que había pasado largo tiempo encerrado en una prisión. Cuando le preguntaron qué era lo que más había echado de menos, no dudo en contestar inmediatamente que “el campo”, la naturaleza. No tenemos más que, tras haber pasado unos días encerrado en un pequeño recinto, por ejemplo, un piso de una ciudad, salir a algún escenario natural a andar por una pradera con el sol sobre nosotros, para estremecernos de gozo con sensación que ya no recordábamos. La naturaleza es una parte importante de nuestra alma, activa sensaciones que son fundamentales a la hora de alcanzar un completo desarrollo de nuestro espíritu. Estamos hechos para vivir al ritmo de las estaciones, al ritmo del desarrollo de los distintos días: primavera, con sus días ambiguos, comúnmente, fríos por la mañana y calurosos por la tarde; verano, calor por todos los lados, la mañana y la noche parecen el momento fundamental para nuestra actividad, dejando la calurosa tarde para esa siesta que desemboca en ese apoteósico despertar en medio del rojo crepúsculo del verano; otoño, cuando vuelve el frío, todo se vuelve gris y lluvioso, las lágrimas se confunden con las gotas de lluvia y la melancolía envuelve al hombre y al mundo; e invierno, con sus variados días: unos, en donde el mundo se envuelve en un blanco manto y parece que hemos ido a caer en un sueño, y otros, en donde el sol cristalino de medio día hace que el hielo de la fría noche se empieza a derretir, pareciendo que el mundo despierta al modo en que despierta una rosa que, tras haber pasado mucho tiempo entre el hielo, el tibio y alto sol empieza a derretir la escarcha que la cubre, pareciendo que la mismísima rosa emite lágrimas de felicidad que recorren lentamente su superficie, desde lo alto de las hojas, hasta que corren a través del tallo y caen como lloros por un mundo que acaba.

Terapia con la naturaleza

El mundo moderno comúnmente ofende a las personas dotadas de verdadera sensibilidad por la naturaleza. Por ejemplo, tanto ofendió a Heidegger el mundo moderno que no dudó en justificar el nazismo como remedio ante el efecto destructor que tenía la tecnología sobre la naturaleza y la cultura humana tradicional, insertada de forma aparentemente armónica en la naturaleza.

No hace falta volverse nazi para defender la naturaleza, simplemente, hay que aprender a amarla, hay que aprender a disfrutarla. Este es la mejor forma de defender el encanto natural que aún atraviesa nuestro mundo. Hay que saber sentirla y disfrutarla. Los hombres modernos han descuidado su desarrollo espiritual, tanto es así que no se plantean algunos siquiera ir al campo por el mero hecho de que se disfruta con la contemplación del mismo. Un hombre a veces siente deseos de andar por el campo por el mero gozo de su contemplación, pero otro le dirá: “¿y para qué sirve andar por andar…?” A ese hombre no le quedará más remedio que pedir una licencia de caza (son muy estrictos a la hora de otorgar estas licencias, si no te tienes de pies durante al menos cinco segundos, y demuestras una salud mental casi tan envidiable como la de Charles Manson, no te la dan…) comprarse una escopeta, y ahora sí, se sentirá con la excusa adecuada para salir a contemplar la naturaleza y disfrutar con su contemplación: no va a disfrutar la naturaleza, va a conseguir la cena…

Olvida lo que piensen los demás. Los demás por lo general no piensan, hacen lo que se supone que tiene que hacer un hombre moderno. Lo primero de todo hazte con un buen equipo para sumergirte en las delicias del mundo natural: cómprate unas buenas botas de campo, y una ropa cómoda y oscura, que te permita sumergirte en la naturaleza de forma armónica, con el equipamiento adecuado parecerá que nos fundimos con la misma naturaleza, seremos un fantasma más del bosque. Levántate pronto “al quien madruga Dios le ayuda”, desayuna en tu casa de campo, siente los colores de la naturaleza ya presentes en la misma casa, siente cómo la casa se funde pero no se confunde con el exterior agreste. Siente los sabores de la naturaleza ya presentes en el propio desayuno: la leche nos recuerda a los pastos; la tostada a los cultivos de cereales, que ondulan como tiras de oro al final de la primavera; la mermelada nos recuerda los rincones ocultos del bosque, en donde se ocultan apreciadas moras y frambuesas.

Después de desayunar, sal de casa, contempla como cambia el estado de nuestro espíritu. Salimos de un recinto acogedor pero pequeño, a uno inmenso, formado por multitud de casas con estilo, con encanto y con un techo que no alcanzamos a ver, el techo es el cielo azul. Nos dirigimos por las intrincadas calles de ese pueblo con encanto a través del frío de la mañana de la primavera, se oye el ruido de agua procedente del deshielo de la mañana, después de una fría noche. El cielo está despejado, pero aún hace frío, cuando nos da el sol lo agradecemos, pues parece que salimos de una nevera y entramos en el mismísimo paraíso. Ya se acaba el pueblo, salimos al campo, la sensación entre pisar las calles bien cuidadas de ese encantador pueblo y pisar el suelo terroso de los caminos por los que nos internamos en el amplio campo es una sensación de emoción, sentimos lo que deben de sentir los astronautas cuando atraviesan la atmósfera y salen al espacio exterior.

Estamos ya en pleno campo, nos internamos por ese camino que corre paralelo a un regato a lo largo del cual se apilan una larguísima fila de árboles. Al otro lado del camino vemos algo más, pues no hay tantos árboles, y la vista nos llega hasta esa loma que escolta al camino por el otro lado. Llegamos al bosque, vemos los árboles con escarcha aún, el tímido cantar de los pájaros en esa fría mañana.. andamos por él, por senderos prohibidos… escogemos un sitio y nos sentamos, podemos ver el paisaje, una planicie en donde algún agricultor tiene un huerto que cultiva durante toda la mañana: cultiva girasoles, lechugas, tomates, unos frutales. Se hace tarde, vamos a casa a comer. Sentimos los sabores de la comida, y otra vez sentimos a la naturaleza en la comida, en este caso la comida es un tradicional cocido castellano. Después de comer nos calentamos un rato a la hoguera, mientras nos vienen a nuestra mente pensamientos prohibidos. Luego vamos a tomar un café al bar del pueblo, con nuestros amigos y familia, y luego volvemos al campo a dar otro paseo. En el campo se nos hace casi de noche, estamos en el antiguo molino, todo está destrozado, pero la naturaleza ha levantado un nuevo templo. Nos internamos en esas encantadoras ruinas y parece que oímos el sonido de unas aspas que acarician el agua, como si el recuerdo de otra época aún perdurase… Ya es casi de noche, nos vamos ya a casa, para irnos a cenar y luego a la cama, tras una amena charla con la gente que queremos…

Pero de camino a casa, nos encontramos con algo que nos llena de terror. No, no es vampiro, eso nos gusta, es una escavadota. Está al lado del bosque, cuando preguntas a su conductor te dice que van a empezar a construir una urbanización. Te llenas de odio, te van a arruinar tu paraíso. Quieres reprochárselo con todas tus fuerzas a alguien, pero no te hacen caso… Sientes que te mueres, que pierdes tu alma, sientes que ya nada tiene sentido, y que la estupidez de unos te arruinan la vida a ti y a muchos después de ti. Sientes que no hay otra solución y empiezas a proclamar un largo, confuso y poderoso lamente la cielo… un lamento que al principio casi no se oye, pero que al final, cuando ya hemos gastado parte de nuestro aliento, ya se entiende.. gritamos al cielo una palabra: ¡¡¡¡¡¡HEIDEGGEEEEEEEER!!!!!!!

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