La Reina de los Hielos (capítulo 1)

1. El nuevo amanecer

Tras una tranquila noche, los gallos de la Aldea del Fresno empezaron a cantar acompañando con sus sones a la salida de los primeros rallos del Sol. El verano estaba llegando a su fin, y los habitantes de toda la Campiña de Entrebosques, estaban alegres una vez concluidas las labores de recogida de la cosecha. Por toda la Campiña se celebraban con abundante comida y abundante vino las fiestas de Los Aldeanos, en las cuales se reunían todos los habitantes de la Campiña para celebrar el fin de la temporada, el fin del corto e intenso verano y el comienzo del largo y gris invierno.

Pero nadie estaba triste en La Campiña. El otoño era una época ideal para reencontrarse con los grandes placeres de la vida, una vez terminado el laborioso trabajo de recogida de la cosecha. Abundante comida, servida con abundante vino en abundantes fiestas; historias de los hombres viejos alrededor de una hoguera después de la cena; paseos e incluso aventuras más allá de las lindes meridionales de la Campiña,…

Toda la región de la Campiña había vivido la paz y la tranquilidad de los últimos siglos, en donde las guerras habían sido poco frecuentes, y la prosperidad de los Cinco Reinos había alcanzado cotas muy destacadas.

Aun así, parece que la tranquilidad a la que se habían acostumbrado los habitantes de las ciudades, villas y aldeas de la zona, estaba sufriendo algún que otro traspiés. El rey de Arman Silván, el país de los bosques y valles, había muerto hace casi cuatro años. Desde entonces, su hijo único, Esbilo, había ascendido al trono. La incapacidad mental y de todo tipo de Esbilo para gobernar el principal reino de los Cinco era evidente para todos. Esbilo había sido tema de conversación entre los aldeanos desde hace mucho tiempo: una estatura similar a la de un niño, a pesar de su mayoría de edad; un color de piel extremadamente blanquecino, con una textura fría y suave similar a la del mármol; un pelo largo, lacio y rubio; una voz suave y a todos los oídos afeminada; unos andares curvos, lentos, inseguros; incapacidad para mantenerse completamente erguido sin estar apoyado en una pared; un rostro cadavérico; y un carácter infantil, completaban la nómina de los pocos agraciados atributos físicos y mentales del nuevo rey.

Consciente de su incapacidad para gobernar el reino, el nuevo rey se había hecho rodear de una numerosa cohorte de asesores, comisarios, encargados, alguaciles,… de todo tipo, que gestionaban por el rey un reino grande y complejo. Pero poco a poco, los tradicionales y fiables asesores del nuevo rey empezaron a ser sustituidos. En su lugar, unos hombres de extraño aspecto, y que casi nunca se dejaban ver a la luz del día, empezaron a ocupar el círculo de confianza del nuevo rey. Algunos creían que estos misteriosos hombres habían sido envidados por los reyes de los otros cuatro reinos, como una ayuda ante la difícil situación del Reino de Arman Silván; pero se empezó a correr el rumor entre las bocas de los habitantes del reino de que esos extraños hombres no habían sido enviados por los Cuatro, siendo su procedencia un misterio, y desde luego, siendo sus intenciones de dudosa moralidad.

Además de la incertidumbre sobre las intenciones de los nuevos “consejeros” del nuevo rey, la inquietud de los habitantes del reino de Arman Silván fue aumentando a lo largo de los siete años desde la muerte del viejo y fiable rey Aronfal el Firme. Hacía ya unos meses desde que la Guardia Real había empezado un control exhaustivo de la población de Arman Silván, aumentando su hasta hace poco escasa interferencia en los asuntos de los pacíficos ciudadanos del reino. Goton el comisario, se había hecho tristemente famoso en los últimos tiempos debido a su tiranía, a su crueldad y a su falta completa de sensibilidad en el trato con las pacíficas gentes del Quinto Reino. La Guardia Real defendía sus intromisiones en la vida de los aldeanos arguyendo que se estaban viendo extraños seres en las fronteras este y sur del reino, sombras que llegan de lejanos países, que habían merodeado por los límites del reino, y que desde hace un tiempo, se habían empezado a internar de lleno en el territorio del Quinto.

De cualquier forma, los lugareños del reino seguían con su espíritu jubiloso a su vez que noble. Desde muy pequeños, todos los ciudadanos del reino sabían que un buen día de fiesta es capaz de acabar con todos los pesares del alma, recuperar el cuerpo, y dejar un espíritu preparado para volver a sufrir alguna que otra envestida de la vida.

 

Las gentes de la Aldea del Fresno ya estaban de lleno en sus quehaceres diarios. Campesinos, ganaderos, herreros, taberneros, panaderos,… todos ya estaban ocupados en esas primeras y laboriosas horas de la mañana. La aldea era el centro de la fértil campiña central, que abastecía de alimento a buena parte de todo el reino. Todas esas tierras fueron bosques en eones anteriores, pero estos habían sido sustituidos en parte por feraces campos, en donde se cultivaban los mejores tomates, las mejores patatas y los mejores pimientos, aparte de tener también los mejores quesos, las mejores mermeladas y los mejores embutidos de toda la parte conocida del Continente Central.

El núcleo principal de la Aldea estaba sobre unas colinas. Moradas de piedra y madera servían de hogar a los aldeanos. Las calles, estrechas, enrevesadas y empinadas, estaban transitadas a toda hora por los lugareños, ocupados en sus actividades, tanto obligadas por sus oficios; como buscadas por mera diversión.

Aun así, fuera del núcleo urbano había varias familias viviendo en hogares apartados del resto. Entre ellas, la familia de Barlon el molinero, que vivía en el mismo molino en donde trabajaba, en el curso alto del río Farner, a unas cinco millas al sur-este de la Aldea, y cerca de las Montañas de las Nieves, una gran cordillera que rodeaba por tres la tenebrosa y enorme amplitud del gigantesco Bosque de los Cuervos.

Barlon era un hombre que rondaba los cincuenta, se había casado hace veinte años con Margarita, algo menor que él. No habían tenido hijos, pero desde hace cuatro años, habían acogido a sus dos sobrinos, Kir y Erilda, huérfanos desde la muerte de sus padres.

Kir era ya casi todo un hombre. Con diez y seis años había aprendido el oficio de su tío Barlon. Su carácter inquieto y algo travieso le traían muchos problemas; pero a la vez, era un niño-hombre querido por todos aquellos que lo conocían por su alma generosa y alegre. Pocas veces se separaba de su hermana Erilda, una niña más tímida que Kir, pero a su vez dotada de una gran sensibilidad y un gran amor hacia el mundo natural en el que ella se sentía como en un paraíso terrenal.

Ambos, Kir y Erilda, sufrieron un duro golpe cuando murieron sus padres hace ya varios años. Entonces Kir era poco más que un niño y Erilda aún más niña pues a penas tenía cuatro años.La Reina de los Hielos, nuevo amanecer Sus padres eran funcionarios en la capital del Quinto Reino, Isfelian, la Ciudad de la Lanza, llamada así en honor a la historia del dragón Lurr, que se apoderó de aquella ciudad hace cerca de ocho mil años, y sólo el poderoso brazo de Erbun el Rojo, consiguió acabar con la existencia del dragón con una lanza que recorrió más de doscientas yardas por el aire hasta que se clavó en el cuello de la poderosa bestia, acabando así con su vida.

Kir soñaba muchas veces con volver a la gran capital del reino, situada a cien millas al noroeste de la Aldea del Fresno. Allí pasó su infancia, junto con su hermana, hasta aquél aciago día en el que murieron sus padres. Sentía grandes esperanzas de volver a Isfelian, entre otras cosas, porque quería averiguar qué pasó, por qué, cual fue la razón por la que murieron sus padres. Nunca nadie le contó a él ni a su hermana sobre eso. Sus tíos siempre se escabullían cada vez que Kir intentaba sacarles ese asunto.

 

—¡Kir…! ¡Te he dicho mil veces que tienes que reparar al azud…! El molino no tiene presión y cada vez tardamos más en moler una miserable fanega.

Margarita le tenía un gran apego a su sobrinos. Ella también sintió mucho la muerte de su hermana y su cuñado. Pero comúnmente perdía la paciencia con el travieso de Kir, aunque por otro lado, no podía por menos de sentir que su hermana existía un poco en la esencia del travieso hombrecito, tan parecido a ella, con su mismo color de pelo, rubio como la estepa en verano; con su misma cara, ancha, alegre, viva; y con su mismo carácter, trasto, inquieto, imposible de domar.

El molino era conocido tanto entre la familia de Barlon como entre los aldeanos de la campiña como La Aceña. Era un edificio aislado y un tanto solitario, pero siempre había carreteros de aquí para allá que iban a moler algunos sacos de trigo, cebada, maíz,… En el mismo molino tenían su residencia toda la familia de Barlon, aumentada con el acogimiento de sus sobrinos. Barlon era un hombre de baja estatura, pero de porte robusto, características ambas compartidas por su mujer Margarita. Pero al contrario que Margarita, era árido de carácter, aunque tranquilo y amable, no le gustaban nada las multitudes ni las abundantes festividades que se celebraban en la campiña al final del verano. Prefería estar sólo y tranquilo, ocupado en su labor de molinero.

—¡Ya voy, tía Marga…! —contestó Kir, que estaba ocupado intentado construir un columpio para Erilda en un árbol solitario al lado de los sotos del río—. Creo que aguantarán las cuerdas… Pero hay que asegurarse… no queda otro remedio que probarlo… ¡Erilda… ven un momento…!

Durante unos segundos, nadie apareció. Pero al cabo de un minuto, se empezó a oír un jadeo entre los árboles, y en no muchos segundos más la espesura se empezó a agitar, hasta que una niña apareció entre los matorrales, una muchacha que estaba llegando al periodo de la mocedad, nombre que le daban los aldeanos a la edad comprendida entre los once y los diez y ocho años, edad problemática por la irresponsabilidad manifiesta en el proceder de estos pequeños hombres y mujeres.

Era Erilda, de pelo negro como el carbón, con un vestido azul encima de un camisón blanco, sujeto a su cintura con una cinta de color rosa… Su cara era amplia, pero sus ojos reflejaban cierto tono de timidez y quizás, cierta mueca de un dolor que no había acabado de pasar. Pero aun así, era feliz y vivía gozosa en medio de la generosa naturaleza que rodeaba todo: el río con sus sotos, los bosques cercanos, los verdes campos y las verdes praderas, las flores, la aromática hierva, el sonido del agua en el río; y el sonido del aire en las ramas… Erilda se pasaba el día jugando y soñando en medio de aquellas hermosas tierras. Con el tiempo, se la había ido pegando un poco el carácter de trasto de su hermano Kir, con lo que de vez en cuando se veía involucrada en alguno de los, normalmente mal concluidos, proyectos de Kir.

—Bien, súbete, lo vamos a probar… Pero pensándolo mejor… es peligroso, si las cuerdas no aguantan… terminarás hiendo a parar de cabeza al interior del azud. Es mejor que lo pruebe yo… —Kir se subió al columpio—. Bien, ahora… ¡empújame…!

Erilda, que ya sabía que habitualmente los proyectos de Kir la solían meter en líos a ella también, se hizo la remolona un rato hasta que al final, temiendo que su amado hermano se sintiese resentido por su falta de entusiasmo en su nuevo proyecto, no le quedó más remedio que dirigirse hacia el columpio y empezar a darle un empujón, luego otro, y luego otro… a Kir, a la vez que este se iba elevando más en el columpio.

—Más fuerte… ¿o es que no puedes más fuerte…?

—Sí puedo, pero es que esas cuerdas que le has puesto no parecen muy seguras…

—Son muy seguras, las he hecho yo mismo…

—Sí, por eso digo…

Justo en el momento en el que Kir se iba a indignar por la falta de confianza de su hermana en su recién estrenado oficio de fabricante de cuerdas; y justo cuando estaba ya muy alto, en una de las idas y embestidas del columpio, las cuerdas se rompieron, y Kir salió por los aires yendo a parar exactamente donde había calculado que iría Erilda si se rompiesen las cuerdas, al centro mismo del azud, rompiendo del todo una presa ya de por sí deteriorada por la falta de atención dispensada por su encargado de mantenimiento, Kir, muy atareado intentando internarse en los secretos de su nuevo oficio: cuerdero.

Todo el azud terminó por saltar por los aires, produciéndose una gran riada de agua que hizo que los sótanos de La Aceña se inundasen por completo, además de resultar afectadas las estancias de la planta baja, salvándose sólo de la inundación la zona alta del molino, en donde estaban las habitaciones de la familia Barlon.

 

Dos días después La Aceña empezaba a tener otra vez su aspecto originario. El duro trabajo de Barlon, junto al de su esclavo por los próximos dos meses, Kir, habían conseguido recuperar totalmente la capacidad de producción del viejo molino. Erilda observaba a los dos hombres de la casa trabajar duramente y sin muestras aparentes de cansancio. Margarita hacía la comida en la cocina, situada en la planta baja del molino.

—La comida casi está. Ir dejando lo que os quede para la tarde, en cinco minutos estará puesta la mesa —dijo Margarita en una de sus constantes visitas para supervisar las tareas de rehabilitación del molino.

Kir llegó a la cocina, en donde se encontraba Margarita, entre pucheros, y Erilda, esperando ya sentada en la mesa. Kir se dirigió hacia Margarita, levantó la tapadera de uno de los pucheros para intentar averiguar qué había de comida, a la vez que intercambiaba una mirada pícara y cómplice con Margarita, aún enojada por la conclusión del último proyecto de Kir. En ese momento entró en la cocina Barlon, como de costumbre, reservado pero amable. Kir tomó asiento justo a la vez que Barlon, y Margarita empezó a apartar la comida.

—Creo que esta tarde el molino podrá volver a funcionar —dijo Barlon mientras comía la sopa que había preparado Margarita—. Lo hemos mejorado, ahora todo el sistema de canales es nuevo, y la presión que le llega a la rueda es una quinta parte mayor que antes.

—Esta tarde iré a la aldea y le diré al alguacil que ya pueden volver los carreteros a traernos grano —dijo Margarita—. De paso haremos unas compras, Erilda necesita unos zapatos nuevos, así que me acompañará. El cochero sale a las tres, así que nos tendremos que dar prisa.

Kir no levantó la vista de su plato en toda la comida. Aún estaba dolorido por las magulladuras que le había provocado el aterrizaje tras su breve pero intenso vuelo, a pesar de que el agua amortiguó el impacto.

 

Margarita y Erilda llegaron a la Aldea del Fresno tras una hora a bordo del carro de viajeros tirado por cuatro poderosas mulas. El carro había ido parando aquí y allí a recoger gente a lo largo de todo el camino entre la zona de La Aceña y La Aldea. Al final, cerca de diez personas abarrotaban el carro, todas con un objetivo común en mente: aprovechar la tarde para realizar distintas tareas en la pequeña aldea, pues los que vivían en sus alrededores no solían tener la oportunidad de visitarla demasiado a menudo, por lo que aprovechaban los viajes hasta la misma para realizar todas las compras que necesitasen, o para dar algún recado, como en el caso de Margarita, que tenía que comunicar al alguacil que el molino volvía a funcionar tras su “avería”.

La aldea de hermosas casas de piedra y madera sobre hermosas colinas verdes, era el lugar ideal para encontrar todo aquello que no crecía en los árboles y en los campos. Así Margarita se dirigió con Erilda de la mano hacia la tienda en donde esta solía comprar el calzado para toda la familia Barlon. Margarita entró en la tienda haciendo sonar la campana que colgaba encima de la puerta, lo que advirtió enseguida la atención del dependiente. Margarita habló con él a su vez que miraba los destartalados zapatos de Erilda.

—Creo que estos zapatos que tengo aquí te sentarán muy bien —dijo el dependiente.

—Para que le sienten bien a mi ahijada Erilda deben de ser unos zapatos casi irrompibles —dijo Margarita con cierta dosis de humor en su tono de voz.

—Estos precisamente son de los zapatos más resistentes que tengo —dijo el dependiente poniendo el zapato en el pie de Erilda, que estaba sentada en un taburete para probarse su nuevo par de zapatos—. Si decides hermosa Erilda ir con estos zapatos hasta los mismísimos confines de los Cinco Reinos y luego regresar, a la vuelta verás que, aunque estén viejos y desgastados por su abundante uso, aún les queda mucho para llegar a estar rotos. Además, son muy cómodos tanto para andar como para correr como para estar de pies.

—No creo que mi hijita valla a llegar tan lejos —dijo tía Margarita haciéndole arrumacos a Erilda—. Pero por si acaso, nunca se sabe —dijo Margarita mirando pícaramente al sonriente rostro de Erilda, contenta por poder estrenar unos zapatos tan bonitos, cómodos y resistentes.

—Bueno, dime —dijo el dependiente—. ¿Qué tal te ves con ellos?

—Me gustan, son bonitos y cómodos —dijo Erilda con unas tímidas palabras.

—De acuerdo, nos los llevamos —dijo tía Margarita.

—Os lleváis los zapatos, pero estos vienen con unos cuantos caramelos de regalo —dijo el dependiente dirigiéndose hasta un estante de la tienda y cogiendo de allí un tarro de cristal opaco tomando de él un puñado de lo que contenía su interior. Luego fue hasta donde estaba Erilda, que tímida pero agradecidamente recibió en sus manos los caramelos que le dio el dependiente.

—No tenía por qué, señor Adren —dijo tía Margarita—. Así mi pequeña Erilda, le podrás llevar algo a tu hermano Kir. Pero de todas formas ahora iremos a la tienda de golosinas y de regalos y compraremos alguna cosa más —. Erilda y tía Margarita terminaron el resto de sus tareas en la Aldea del Fresno, y se dirigieron hasta la plaza de la aldea, en donde ya estaba esperando el cochero que devolvería a las dos peregrinas de regreso a su lugar originario.

 

Al llegar la noche, el molino estaba completamente rehabilitado, y los primeros carreteros ya habían dejado varios sacos de maíz en el granero. Margarita y Erilda habían pasado toda la tarde en la Aldea del Fresno, en medio de la ajetreada y viva atmósfera de la cercana villa. Al caer la noche, Kir miraba ansioso y expectante el sendero por el que sabía que tenían que regresar Margarita y Erilda, caminando, pues el cochero deja a los viajeros a media milla para continuar su ruta hasta el Bosque de Vane. Al final las siluetas de las dos mujeres de La Aceña aparecieron en el horizonte andando por el medio del camino, cuando la oscuridad amenazaba con envolverlo todo en cuestión de no muchos minutos. Kir al verlas corrió el sendero adelante en dirección a Erilda, que haciendo lo propio y corriendo hasta Kir, se fusionó en un abrazo con su amado hermano.

Continúa en Capítulo 2 (Sombras en el camino)

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