La Reina de los Hielos (capítulo 2)

Continúa desde capítulo 1 (Un nuevo amanecer)

2. Sombras en el camino

En Isfelian, un tumulto de gente se arremolinaba en torno a una inédita escena. Uno de los soldados de Goton, el jefe de la Guardia Real, había sido derribado de su caballo por uno de los borrachos de la ciudad al caerse este justo delante del caballo, el conocido Irlundo, un viejo que se pasaba buena parte del día de taberna en taberna.

La ciudad de Isfelian era una bonita ciudad en donde abundaban las casas de piedra de dos pisos, con estrechas calles que quedaban normalmente en penumbra por las sombras de las casas. Era una ciudad muy alegre, con macetas con flores, plantas trepadoras, árboles frutales y pequeños jardincillos casi en cualquier rincón. La piedra y la vegetación, además del famoso hierro de las Forjas de Ísbuldon se fundían en una hermosa síntesis. Sólo pasear por las jubilosas calles de la ciudad de Isfelian podía tener un efecto bálsamo en el alma más dolorida. Pero desde hace más de seis años, el jefe de la Guardia Real había impuesto su marca de tiranía, amedrentando a la antes alegre y libre población de la Ciudad de la Lanza.

—¡Acaso no conocéis el respeto entre los habitantes de esta ciudad…! ¿Sois tan incapaces de mostrar respeto ante la mismísima Guardia Real que ya hasta hacéis derribar a sus soldados de sus caballos? —decía Goton mirando a la muchedumbre que se arremolinaba para ver la escena, a la vez que portaba un amenazador cuchillo en su mano derecha.

—Mi capitán, sólo es uno de los borrachos del pueblo, no ha sido su intención caer a su soldado. Creo que el bueno de Irlundo ya a pagado su culpa. Le ha caído un caballo encima junto con su caballero… y no podrá ni moverse en unos cuantos días —dijo uno de los taberneros que había salido a mirar qué pasaba.

—Valla valla… ¿Y tú quien te crees que eres para mirarme a los ojos y decirme lo que tengo que hacer…? ¿Un tabernero…? Jaja… En los más de seis años que llevo al frente de la Guardia Real he intentado llevarme lo mejor posible con los habitantes de esta ciudad, pero en todo ese tiempo no he recibido por mi devoto trabajo al mando de la Guardia que defiende a los habitantes de Arman Silván, más que insultos, faltas de respeto, palabras ofensivas y provocaciones… Sois vosotros mismos los que estáis pidiendo mano dura… A lo mejor así aprenderéis a comportaros como aldeanos responsables, meteros en vuestros asuntos, y dejar hacer a la Guardia Real su trabajo en paz. ¡Soldados, arrestar al tabernero y al borracho! El borracho será acusado de agresión a la autoridad, y el tabernero será acusado de obstrucción a la justicia y de emborrachar a I…. ¿Cómo se llamaba, Inmundo…?

Los soldados obedecieron inmediatamente. Se habían acostumbrado a acatar las órdenes de Goton sin rechistar, no por obediencia, si no por temor. La antes amable con los aldeanos Guardia Real se había convertido en toda una pesadilla para los habitantes de toda la ciudad. Además, otras partes del reino se empezaban a verse sometida a la actitud dictatorial que había impuesto Goton en la Guardia Real. Goton Estirna era un hombre de pelo moreno y corto, de mediana altura, complexión también mediana igual que su edad, que rondaría los cuarenta, y con un carácter oscuro y violento.

Algunos de los soldados de la Guardia, antes de hacer de verdugos de la tiranía del capitán, habían decidido desertar. Pero sabían que si eran cogidos con vida, más les hubiese valido no haber nacido nunca. Las mazmorras del castillo, situado a las afueras de la urbe, en lo alto de una colina a la que se subía por un sendero que trascurre al lado de los altos paredones de la muralla, se habían echo célebres también. Allí estaban todos los soldados que habiendo desertado habían sido capturados, junto con los peores criminales, bandoleros, ladrones, asesinos,… de todo el reino de Arman Silván. A veces, algunos habitantes de la ciudad decían haber oído terribles alaridos en mitad de la noche que parecían surgir directamente de las mazmorras del castillo.

—¡Bien, soldados…! ¡Ahora nos vamos…! ¡Y a los demás…! Os recuerdo que es vuestra obligación no entorpecer la labor de la autoridad y de la justicia de nuestro gran reino de Arman Silván… todos debemos contribuir a la seguridad dentro de las fronteras de nuestro país. Ya sabéis que se han visto criaturas extrañas en las grandes extensiones desabitadas del este. Es labor de todos estar preparados para una posible guerra, aún no sabemos contra qué enemigos… ¡ah…! Se me olvidaba… Era una sorpresa… A partir del inicio del ya próximo otoño los impuestos que tendrán que tributar los aldeanos sufrirán cierta modificación en su cuantía. El rey y sus consejeros han decidido aumentar el porcentaje de tributación desde el actual doce por ciento del valor de la producción, hasta un veinticinco por ciento. Son tiempos duros, el reino se está viendo amenazado por esas extrañas formas que merodean en la frontera este, y todos tenemos que arrimar el hombro.

Los habitantes se quedaron con cara de incredulidad, comentando entre ellos que una subida de impuestos tan grande, les iba a poner en serias complicaciones, a la vez que los soldados de la Guardia Real, con Goton a la cabeza, azuzaban sus caballos y salían al galope, dejando detrás de ellos una nube de polvo y de temor.

 

Los domingos Kir y Erilda iban a pescar a la parte alta del río, cerca de las Montañas de las Nieves y del cercano, peligroso y enorme Bosque de los Cuervos. Ya era septiembre, aunque el día acompañaba a los dos hermanos. Una temperatura agradable y un cielo azul, con algunas nubes que tapaban el Sol a ratos, hacía presagiar un buen día de pesca para Kir y Erilda. Pero lo de menos para los hermanos era la captura de alguna que otra trucha. Ese era el día en donde estaban solos y juntos, y recordaban tiempos pasados, cuando sus padres aún vivían.

Como de costumbre, salieron de casa con dos cestas: una, la de la merienda; y otra, que iba vacía, y era objetivo de las tardes de domingos que volviese llena de peces… pero comúnmente volvía tan vacía como iba, pues Kir solía soltar los peces que pescaba a petición de Erilda, que sentía una gran lástima por esos “pobres animalitos inofensivos”. Aun así, Kir se las ingeniaba para meter algún que otro pez en la cesta, con lo que a veces podía volver a casa con unas cuantas truchas para cenar.

Al salir de casa, los despidió como de costumbre su tía Margarita, mientras que su tío seguía, incluso en domingo, trabajando en el molino.

—Mi niño y mi niña. Portaos bien, sobre todo tu Kir… No os retraséis demasiado en el río, es casi otoño y el sol ya no dura tanto como antes.

—¡Adiós, tía Marga! —dijo Kir. No te preocupes, a Erilda no le puede pasar nada mientras esté conmigo.

—¡Adiós, tía Marga! —dijo Erilda. No te preocupes… yo vigilaré a Kir para que no haga ninguna travesura.

Ya en el camino, siguieron el sendero que corría paralelo a la orilla del río. El terreno cada vez era más abrupto, y las ya de por sí densas arboledas de las espesuras del río se iban haciendo cada vez más cerradas, acompañadas además de las crecientes florestas que, según se iban internando en las tierras salvajes, al fin de la gran Campiña de Entrebosques, se iban abriendo paso a los dos lados del río y de sus sotos. Caminaron entre la densa vegetación que había crecido en el sendero, sólo el paso de algunos extraños caminantes por esa poco frecuentada región hacía que este fuese aún transitable.

Tras dos horas andando, llegó el mediodía. Aún faltaba media hora para recorrer las casi seis millas que separaban La Aceña del lugar del río en donde solían pescar Kir y Erilda.

—Estás cansada, querida hermanita. Paremos un poco a descansar, aún nos queda una milla larga para llegar a nuestro rincón en el mundo.

—No estoy cansada, querido y tonto hermanito… Pero descasaremos, porque a ti yo si te veo cansado.

En realidad, ambos estaban cansados, pero la vida les había enseñado a no quejarse. Fueron hasta la orilla del río y se sentaron en una enorme roca justo encima del enfurecido cauce del río Farner. La sombra de los árboles de los sotos hacía que la luz debajo de los hermanos fuese muy tenue, y con el sonido de fondo de las aguas del bravo río, creaba una atmósfera un tanto espectral e irreal. Se sentaron en silencio. Ambos estaban pensativos, pero al cabo de unos minutos, Kir se dio cuenta de que la cara de su hermana Erilda estaba empapada en lágrimas.

—Erilda, dentro de poco serás casi toda una mujercita. Algún día te casarás, y vivirás en una bonita casa junto con un marido que te amará y junto con unos hijos que serán tan preciosos como tú.

—Yo no se si quiero hacer todo eso Kir —dijo Erilda con la cara empapada en lágrimas—. He sufrido mucho en estos último siete años, me acuerdo demasiado del pasado, la sombra de pasados monumentos al dolor aún empañan a veces el sol. Algunos días siento que aquella sensación de felicidad que tenia cuando jugábamos los cuatro, tu, yo, papá y mamá, no podrá volver, no podrá regresar pues habrá muerto como mueren las amapolas al final del verano. He llorado demasiado, querido hermanito, pero tú me consuelas en mis malos momentos y sólo estando a tu lado puedo seguir viva.

—Se que has llorado demasiado —dijo Kir—. Yo también lo he hecho, quizás más a escondidas que tú. Yo soy el hombre de los dos. Ya tengo dieciséis años. Los demás me ven como un niño travieso, pero no saben lo que pienso y lo que siento por dentro. Nuestros padres… y sobre todo, nuestra madre. Yo he llorado tanto por nuestra madre que si reuniese ahora mismo todas las lágrimas, y las dejase caer sobre este río, serían capaces ellas solas de desbordarlo, quizás todo se inundase y al final, ese torrente de agua desbocada nos llevaría a un lugar en donde ya no hubiese más lágrimas de dolor. Pero cuando se van las lágrimas vuelve la felicidad, al modo de lo que pasa en esos días cuando descarga la borrasca, a veces después el día aún reluce bajo un espléndido sol que consuela al mundo después de la tormenta.

—Yo sólo sigo vivo por ti, hermanito Kir —dijo Erilda enjuagándose las lágrimas de la cara—. Tantas veces… tantas veces he tenido un cuchillo en mis manos. Soy una mujer, aunque sea también una niña. Y se que forma parte del oficio del ser mujer escapar, escapar de demasiadas cosas. A veces creo que llegará el día en donde esté tan atrapada en algún lugar o circunstancia que ya nada ni nadie podrá sacarme de allí. Supongo que es lo que pasa cuando uno cae en un sitio de donde no puede salir ya se va al fin la esperanza, que es lo que nos mantiene cuerdos pero sobre el terrible abismo del dolor.

—¡Como que has tenido un cuchillo en tus manos! —dijo Kir levantándose de la roca muy exaltado, acción que le hizo estar a punto de caer río abajo—. Si te consuela, puedes tener un cuchillo en tus manos.La Reina de los Hielos sombras en el camino Pero si algún día portas, aunque sea solo durante un breve segundo, un cuchillo ensangrentado en tus manos, que sepas que así también me matarás a mí. Yo solo vivo por ti. Quiero llegar a ser un hombre por ti. Quiero llegar a ser un general del ejército por ti. Hermanita Erilda, yo no quiero seguir en el molino para siempre. Adoro a la tía y también quiero al tío. Ellos nos acogieron. Me gusta el oficio de molinero, pero también quiero ser parte de la División del Dragón, creo que ya no existe desde que hay nuevo rey, pero mi corazón sabe que algún día volverán a cabalgar por el mundo “los caballeros del bufido de fuego”. Quiero ir a lugares que nunca ha ido nadie; quiero participar en batallas en donde los ejércitos no tienen fin más allá del horizonte; quiero ayudar a liberar a nuestro querido país de ese malvado y estúpido rey que amenaza toda nuestra libertad, y… y quiero averiguar qué pasó, qué pasó con nuestros padres. Nos dijeron que el carruaje que los llevaba se calló por un barranco. Pero yo nunca lo creí. Entre otras cosas, porque madre nunca acompañaba a padre en sus viajes. Aquél día, aquel día lluvioso, algo pasó, y yo averiguaré que pasó.

—¡Hermanito…! —dijo Erilda muy emocionada—.Te juro que si algún día la sangre mana de mi pecho, te juro que no será mi mano la que me halla abierto mis heridas, si no la mano de un demonio que yo no puedo vencer. Él me acecha, me lleva persiguiendo ya demasiados años. Yo ya soñé con ese demonio hace tiempo. Unos meses antes de la muerte de nuestros papis. Estábamos todos, tu, yo, padre y madre en el huerto de nuestra casa en Isfelian. Estábamos todos juntos recogiendo las frutas de los árboles, que ya habían madurado. Hacía un sol espléndido, como el de hoy, pero de repente, el cielo se empezó a oscurecer. Se levantó una tempestad y empezó a llover. Pero nadie nos movíamos. Todos, papi, mami, tu y yo estábamos quietos en el huerto, a pesar de que llovía y nos mojábamos. No nos atrevíamos a entrar en nuestra casa por alguna extraña razón. Nos empecemos a mirar, al fin sabíamos lo que estaba pasando, por qué estábamos paralizados de puro terror. Dentro de casa había algo, cuando miré muy tímidamente hacia la ventana, vi algo, algo espantoso que miraba desde dentro de nuestra casa a través de la ventana: era una cara, una cara de un ser como nunca podré recordar, y nos causó tal pavor que no podíamos apenas ni movernos. Yo miré a la ventana de la cocina que da al huerto y ahí la vi, una cara, un rostro espeluznante y bestial como nunca podré olvidar.

Kir, que había permanecido de pies sobre la rocas, se sentó y dijo:

—Erilda, te prometo, en este lugar mágico que nos hemos encontrado en nuestro camino, te prometo que yo nunca dejaré que te de alcance ningún demonio, ni el que vistes en aquél sueño, ni ningún otro. Vivo para ti y sólo quiero que seas feliz. No he visto nunca ningún demonio, pero se que existen. Los orcos de las Guerras Írnidas dan fe de ello. Pero nosotros pertenecemos a un pueblo que se hizo famoso en toda la Tierra por ser los “que doman los demonios”. Y si alguna vez te coge ese demonio que te acecha, u otro cualquiera… te prometo, querida hermanita, te prometo en este fresco lugar en esta fresca mañana junto a nuestro río, que yo recorrería los mismísimos infiernos para librarte de las garras de todos los demonios de la Tierra de las Eras.

Erilda se echó a llorar de nuevo. A los pocos segundos, se limpió la cara con las manos, sonrió, y dijo a Kir:

—No pienses mal de mí… yo soy feliz la mayor parte del tiempo. Pero a veces veo brumas del dolor que ya pasó, que son demasiado pesadas, pero cuando vuelve el Sol… —y diciendo esto, Erilda se levantó de la piedra y fue corriendo hacia la verde pradera que había al lado del oscuro soto en donde se encontraban— vuelvo a ser feliz entre el azul cielo y la verde tierra.

 

Al fin Erilda y su hermano llegaron al tranquilo tramo del río en donde solían pasar los domingos pescando. Tenían una pequeña barca, fabricada por el propio Kir con unas cuerdas y unas tablas de madera, escondida entre las ramas de un cercano árbol, que había sido medio derribado con el viento. Ambos colaboraron para llevar la pequeña embarcación a la orilla del río, y desde ahí botarla.

Ambos estaban ya en la barca. Erilda se limitaba a mirar el agua y los árboles, mientras Kir estaba también relajado, aunque expectante ante los posibles peces que tensasen el hilo de la caña. El lugar se apropiaba de ambos: el sonido de las rama de los árboles circundantes que eran movidas por el viento; el sonido del agua en un susurro constante y sin tregua; la magia que creaba las sombras de los árboles que se recortaban sobre la luz del sol; el olor a agua y a los cercanos bosques de pinos, que indicaban la ya cercana presencia de las primeras estribaciones de las grandes Montañas de las Nieves. Y así, relajados los dos hermanos con el vaivén de la barca, pasaron cerca de dos horas. Al cabo de estas horas sin que hubiese ningún contratiempo en el “día especial” de Kir y Erilda, de repente, el hilo de la caña se tensó y empezó a vibrar.

 

—¡A picado, a picado…!

Kir cogió la caña hecho un manojo de nervios, y empezó a tirar suavemente del carrete de hilo. Poco a poco, fue recogiendo el hilo hasta que empezó a aparecer en la superficie del río la silueta de una trucha de muy buen tamaño. A Erilda, como de costumbre, no le hacía mucha gracia que hubiese picado un pez, así que se limitó a mirar para otro lado, y seguir con la contemplación de unos hermosos árboles que la habían llamado la atención, en la parte sur del río.

—¡Ya casi lo tengo…! Pero es muy grande, no consigo sacarlo del agua. Lo arrastraré hasta la orilla de la barca y aquí lo podré coger.

Kir puso todo su empeño en la difícil tarea de poder vencer a una presa que había resultado ser de lo más peleona. Varias veces estuvo a punto de perder a la presa junto con parte del hilo de la caña. Pero al final, parecía que iba a dar caza a tan formidable trucha.

—Ya casi está aquí… maldita trucha, nunca se resisten tanto… ¡argh…!

De repente, mientras Kir estaba atareado en la titánica lucha que se había declarado entre él y la trucha, Erilda se empezó a poner completamente blanca. Su mirada seguía clavada en dirección sur, en esos árboles que por alguna razón, habían llamado la atención de Erilda. Estaba paralizada, con la mirada fija justo debajo de las copas de los árboles que había estado mirando. Entre tanto, Kir seguía a lo suyo sin haberse dado cuenta del extraño asombro que se vislumbraba en el rostro de Erilda. Ya al fin, Erilda, en su incredulidad, se levantó de la barca, gesto que ahora sí, llamó la atención de Kir, pues la barca se empezó a tambalear peligrosamente.

—¿Pero qué haces…? Siéntate, nos vas a hacer volcar.

Dicho eso, Kir volvió a lo suyo, a su aún no concluida lucha con la trucha. Erilda no podía hablar de la impresión. Estaba de pies sobre la barca, con la cara blanca, y sin ser capaz de expresar una sola palabra. Al fin, ya dijo:

—Kir…, mira, mira lo que hay en ese lado de la orilla del río.

—No puedo mirar, si miro se me escapa la trucha…

Kir siguió a lo suyo sin darle más atención a la advertencia de Erilda. Mientras tanto, Erilda seguía de pies sobre el barco. Kir intentaba echarle mano a la trucha que tanto le estaba haciendo luchar. Alargó su brazo todo lo que pudo, llegando a sacar pare del cuerpo fuera de la barca, para intentar dar caza aunque fuese con su mano, a esa trucha que tanto le estaba haciendo sufrir. Pero quiso alargar tanto su mano, y quiso alargar tanto su cuerpo sacándolo de la barca, que al final su pie resbaló en la superficie húmeda de la barca, y Kir cayó al agua con un sonido tan fuerte que inundó todo el lugar. Erilda, que estaba de pies sobre la tambaleante barca, también cayó al agua debido a que la caída de Kir de la barca desestabilizó a esta por completo.

—¡Nooo! Al final he perdido la trucha y mi caña de pescar…

Kir y Erilda salieron en seguida a flote, pues ambos sabían nadar perfectamente. Erilda tosía un poco a la vez que intentaba nadar hacia la orilla.

—¿Estás bien, Erilda? Tu vestido es muy pesado, voy a echarte una mano.

Kir se acercó hasta la parte del río en donde nadaba Erilda, y Erilda se aferró con una mano a la camisa de Kir, nadando con la otra, hasta que ambos, de esta peculiar manera, llegaron nadando a la orilla norte. Kir salió primero del río, no sin cierto esfuerzo, pues la orilla era todo un cenagal. Y luego ayudó a salir a Erilda, que aún seguía poniendo cierta cara de incredulidad.

Al final, ambos se tiraron en la orilla del río, agotados y con sus ropas completamente empapadas de agua. Durante unos segundos, los dos permanecieron tirados en la orilla, respirando fuertemente y recuperando el aliento perdido. Al final, Erilda se levantó a la vez que intentaba aligerar el peso del vestido empapado estrujándolo un poco con sus manos en ciertas zonas.

—Kir —dijo Erilda a su hermano, que aún permanecía tirado boca arriba, casi sin aliento—. ¿Estás bien?

—Podría estar peor, pero soy un hombre derrotado por una trucha.

Kir se levantó al final del suelo, y al darse cuenta de que sus ropas también estaban empapadas con el agua del río, pasó su mano por encima de las mismas intentando escurrir con algo de presión el agua. Mientras hacía esto, Erilda dijo:

—Kir, he visto algo raro en la otra orilla del río.

—Va…, sería un gamo, que llegan hasta el río para beber —contestó Kir.

—¡No! No se que era, pero no era un gamo. Parecía un hombre… pero pequeñito, con el pelo largo y de un color rojizo como el cobre. Sus brazos y sus piernas también eran muy pequeños y tenía una piel como azul. Vestía con una especie de harapos y tenía cintas de colores atadas al pelo y por el cuerpo. Además, estaba como asustado, y con la cara completamente ensangrentada…

—Vamos a ver, quizás siga aún en la orilla —dijo Kir hiendo hacia la orilla del río.

Ambos se dirigieron andando a la cercana orilla, para ver si desde ahí podían vislumbrar el extraño ser que había visto Erilda en la otra orilla. Miraron un rato justo donde Erilda señalaba con el dedo, el lugar exacto donde había visto a la extraña criatura.

—Las leyendas hablan de extrañas criaturas dentro del bosque de los cuervos. —dijo Kir—. Pero eso está aún lejos de aquí. Nosotros estamos aún cerca de la gran ciudad de Isfelian y los soldados del ejército del reino han mantenido estas tierras libres de orcos y demás criaturas malignas desde hace siglos.

>>Pero es cierto que se han oído rumores en los últimos meses de que han sido vistos seres de extraño aspecto merodeando en la frontera este del reino. No lo sé… Pero creo que es mejor que volvamos a casa. No te preocupes, Erilda, yo siempre traigo mi cuchillo conmigo por si acaso.

—¡Sí…! Algún día quizás lo cambies por una espada. Pero de cualquier forma, ojalá que no lo necesitemos en el camino de vuelta. Espero que sean lo que sean esas extrañas cosas, no nos fastidie nuestros especiales domingos de pesca en nuestro trocito de río.

—Aún tenemos la cesta con la comida intacta —dijo Kir—. Pero quizás es mejor que demos cuenta de ella en el camino de vuelta. Aquí ya no estamos seguros, sea lo que sea eso que has visto.

Kir y Erilda secaron sus ropas estrujándolas contra sus cuerpos. Ambos estaban nerviosos y algo asustados, pero Kir lo disimulaba con su típica mueca de seguridad. Tras sacar la barca del agua y volver a esconderla entre unas grandes ramas que había cerca, cogieron las cestas, la de la comida, que seguía llena; y la de los peces, que seguía vacía. Después, partieron por el lado norte del río, que era el lado contrario por el que habían venido y el lado contrario por el que transitaba el cómodo sendero, pues no querían pasar por el lado en donde Erilda había visto al extraño ser.

 

Ya era tarde, el Sol había empezado a caer en su camino del este a oeste. Kir y Erilda habían recorrido tres de las casi seis millas que separaba su “lugar especial” en el río de La Aceña. Decidieron hacer un alto en un cercano bosque de pinos que había al lado del río, para merendar y, al fin, poder disfrutar de un momento de tranquilidad en ese día con tantos sobresaltos. Por precaución, se internaron bastante en el pinar, alejados de la vista de cualquiera que pasase por el sendero que recorría todo el lado sur del río hasta muy entrado su parte alta. El olor de los pinares encantaba a Erilda. El pino era un poco su árbol especial, quizá recordando los grandes bosques de pinos que rodeaban la ciudad de Isfelian por el norte y por el este. Nada más entrar en la superficie del pinar, Erilda se sintió acogida entre las altísimas copas de los árboles; el característico suelo del pinar, como si estuviese formado por una marrón almohadilla de hojas caídas de pinos y hierba oscura; y sobre todo, ese olor a ancestralidad que desprenden los bosques de pinos.

Una vez en el pinar, anduvieron durante un rato en su interior hasta que encontraron una zona que les llamó la atención. Era una zona desarbolada en el interior del bosque de pinos, en donde había varios troncos caídos, seguramente debido a los leñadores que frecuentaban en temporadas aquella zona del margen medio del río. Les pareció un lugar ideal para merendar. El sol había bajado bastante, pero aún quedaban un par de horas de luz. Ese mágico lugar, con unas preciosas vistas de los pinos que rodeaban ese especie de agujero en el medio del bosque de unas sesenta yardas de radio según calculó Kir, era ideal para poder tener una merienda tranquila. La luz entraba en parte en el agujero en medio del pinar, pero el sol sólo daba directamente en la parte extrema este del agujero, pues el Sol ya no era el que era a mediodía, y corría lenta pero imparablemente hasta su descanso nocturno. Así, una luz tibia, mayor que la que había en el ya casi oscuro pinar, pero menor de la que habría en una pradera a campo abierto, iluminaba con un tono algo onírico el círculo en mitad del pinar.

Kir fue hasta uno de los troncos que estaban caídos. Se aseguró de que no estuviese podrido, pues había tenido malas experiencias sentándose de pequeño sobre troncos caídos, que parecían muy cómodos para descansar un rato, pero que en realidad eran enormes fábricas de insectos de todo tipo.

—Erilda, nos sentaremos aquí —dijo Kir.

Kir puso la cesta de la merienda en el suelo, justo al lado del tronco en donde se sentaron. El diámetro del tronco era grande, y Erilda tuvo que coger impulso y dar un pequeño salto para poder llegar al tronco y sentarse allí.

Kir sacó la comida de la cesta, y la puso en una servilleta de cuadros blancos y rojos que había situado previamente en el suelo, en un lugar que parece que hace tiempo habían echo una hoguera, seguramente los leñadores que derribaron aquellos troncos, y que, por alguna razón, nunca fueron a recuperar. Sacó dos manzanas, dos pequeños bocadillos envueltos en servilletas, pan tostado, mermelada de arándanos amargos, mantequilla y una pequeña botella en la que su tía le había puesto algo de limonada, echa con los preciados limones que la tía había comprado a algún comerciante ambulante que traía productos del cálido sur. Kir repartió los bocadillos y la limonada, y al fin ambos tenían un bocadillo de la mano además de un pequeño vaso de cristal de Lumdir a sus pies.

Kir comió su bocadillo con avidez, pues estaba hambriento después de un viaje tan largo y accidentado. Pero Erilda no tenía apenas hambre, y mantuvo su bocadillo en una mano mientras con la otra cogía una de las manzanas que había en el improvisado mantel, pues le apetecía más que el bocadillo. Mordió la manzana mientras miraba el bocadillo con desgana.

Ambos contemplaban el onírico espectáculo de luces y sombras que tenían a su alrededor. Los pinos se movían con el aire, poniendo el sonido al espectáculo visual. Se sentían como arropados por el bosque, como si en aquél lugar tan especial en medio del gran pinar, estuviesen protegidos por fuerzas ancestrales dominadoras de la naturaleza. Pero cuando estos pensamientos estaban en su mentes y en sus almas, se oyó un grito profundo, mantenido y estremecedor, que parecía salir del fondo mismo del bosque, justo a las espaldas de Kir y Erilda, que permanecían sentados comiendo. Kir se levantó inmediatamente, tirando lo poco que quedaba de su bocadillo al suelo. Erilda permaneció medio paralizada de terror, sin mover un solo músculo exceptuando los de su cara, ahora con un semblante de miedo y de pánico, y quedando por lo demás, con la manzana dentro de su boca a punto de darla un bocado que, como si el tiempo se hubiese detenido, parecía que ya nunca se produciría, quedando la manzana medio dentro medio fuera de su boca para siempre. Pero sólo fue una ilusión y al fin, Erilda se recuperó del susto producido por el grito, y pudo retirarse la manzana de la boca, y ponerse de pies sobre el alto tronco caído. Sabía que eso podía ser un lobo o algo parecido, y se sentía más segura sobre el tronco que directamente en el suelo.

Kir también estaba asustado, pero como siempre, él tenía que aparentar ser el fuerte, tenía que aparentar no tener miedo. Aun así, el único miedo que tenía Kir era ante la posibilidad de que, eso que había dado el alarido estremecedor, pudiese dañar de alguna manera a Erilda. Hace tiempo que había aprendido a no temer por su vida; a cambio, temía demasiado por la vida de Erilda.

 

—Erilda, quédate donde estas, no bajes del tronco. Voy a ver qué ha sido eso… —dijo Kir, sacando de una funda escondida en el pantalón oscuro que usaba un cuchillo con una hoja ancha y de cerca de un pie de largo.

Kir se internó, no sin temor, en el interior del bosque, saliendo así del agujero en medio de la arboleda, e introduciéndose en el cada vez más oscuro bosque, en la dirección de donde parecía que venía el grito.

—¡Kir…! Ten cuidado. Creo que lo mejor sería salir corriendo de este bosque, sea lo que sea esa cosa, a lo mejor no se ha percatado de nuestra presencia —dijo Erilda mientras Kir desaparecía en medio de la cada vez más oscura espesura a través de una gran cuesta que bajaba por el bosque. Pero Kir ya estaba lejos, y casi no oyó el sabio consejo de Erilda.

Pasó un tiempo, Kir se había dirigido hacia la zona de donde parecía que provenía el terrible estruendo que habían oído hace ya cerca de diez minutos. Pero no vio nada. Asustado por haber dejado sola a Erilda, echó un vistazo alrededor y decidió volver al lugar en donde se había quedado Erilda. Ahora le tocaba subir la cuesta que había bajado en busca de la proveniencia del grito. Al llegar arriba de la cuesta en medio del pinar, Kir estaba exhausto. Al fin, ya tuvo otra vez delante de sus ojos el agujero en mitad del pinar en donde se había quedado Erilda. Ya estaba empezando a anochecer, y pensaba que tendrían que darse prisa si no querían que tía Margarita se asustase con su tardanza.

Al mirar hacia el tronco en donde había quedado Erilda, vio a esta subida en el mismo, pero Kir se sorprendió de que Erilda parecía que estaba hablando sola:

—¿Qué eres…? ¿Quién te ha herido…? Si sigues perdiendo tanta sangre no aguantarás mucho vivo. Tienes que venir con nosotros. Tía Margarita tiene vendas y ungüentos. Ella cura siempre a Kir cada vez que se hace daño en alguna de sus trastadas…

Al oír estas palabras, Kir se puso en alerta, y se acercó lentamente al tronco en donde estaba Erilda. Ya estaba anocheciendo, y las crecientes tinieblas cubrían la presencia de Kir. Se acercó todo lo que pudo a la posición de Erilda, sin hacer descubrir su presencia, para ver si era capaz de vislumbrar si realmente había alguien con su hermanita. Al fin, ya pudo ver algo: una pequeña y extraña criatura que estaba sentada de cuclillas, y parecía coincidir con la descripción de la criatura que Erilda había visto cuando estaban pescando en el río, como dijo Erilda, largo pelo rojo, piel azulada, corta estatura, cortos brazos, y con la cara ensangrentada. La criatura no cesaba de mirar a un lado y hacia otro nerviosa, a la vez que parecía que se estaba comiendo el bocadillo despreciado por Erilda.

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