Las religiones: ¿verdades divinas o estafas diabólicas?

Esta es una pregunta que adquiere una enorme actualidad ha día de hoy debido a una contradicción que parece marcar el final del siglo XX y el principio del siglo XXI. La contradicción surge de la confrontación de dos factores: por un lado, las revoluciones burguesas, la ciencia, la técnica y el pensamiento crítico parecería haber “desenmascarado” los dogmas falseadores de la realidad de las distintas religiones, pareciendo que a los ojos de la luz de la crítica estas no son más que mero resultado de la ignorancia y el temor al incierto futuro; pero por otro, parece que en nuestros tiempos asistimos al rebrote del fundamentalismo religioso: religion estafa diabolicacreyentes de todas las religiones toman los textos sagrados y los interpretan de forma fanática y totalitaria, creyendo que la religión es lo único que puede salvar a los hombres del mal representado por el progreso y la relajación de la moral.

Con este panorama, la pregunta sobre si las religiones son un mal absoluto o un mero anhelo de esperanza para la humanidad adquiere especial relevancia. Muchos creen que las explicaciones proporcionadas por la ciencia terminarán acabando con los dogmas de la religión. La religión no sería más que un conjunto de respuestas provisionales que saciarían el ansia de saber de los hombres, pero la ciencia no tendría rival a la hora de desentrañar los secretos del universo, pareciendo que el pensamiento científico sustituye al delirio religioso. Esta parece ser la opción elegida por la mayoría de los intelectuales occidentales: el tiempo terminará relegando la religión al cajón del olvido.

Pero en esta percepción sobre la religión parece haber algo que falla. Ya Albert Einstein se quejaba que era fácil querer hacer cargar a la ciencia el papel de la religión, pero veía en esta actitud una actitud equivocada y reducionista, no creía que la ciencia pudiese cumplir el papel fundamental de la religión, que no sería enseñar verdades, sino hacer que los hombres se comporten de determinada manera. Esta perspectiva no cree que la religión tenga sustituto, al menos, su sustituto no puede ser la ciencia, que no nos dice en absoluto cómo nos debemos de comportar, la ciencia no da órdenes, no nos dice por ejemplo, si debemos de adoptar una ética hedonista y una estoica, una en donde la vida se nos hace un manjar, o una en donde la vida es aprender aguantar firme en las adversidades.

Y este es como ya muy bien vio Einstein el gran fallo de todos esos intelectuales y científicos que creen que la religión es “cosa del pasado”. La religión no puede ser sustituida por la ciencia, porque ambos saberes sirven para cosas distintas. No hay una forma de comportarse “racionalmente”, lo que no quiere decir que la luz de la ciencia no pueda iluminarnos contra las religiones malignas y sectas que sólo tienen como finalidad la obtención de dinero, poder u otro tipo de beneficio ilícito, a día de hoy, prácticamente la totalidad de las religiones institucionalizadas en occidente.

Y este es la otra cara de la moneda: la religión no es algo malo, todo lo contrario, nos enseña a vivir, sirve al modo de un sistema operativo de un ordenador: coordina y combina los elementos simples para que así pueda existir un elemento complejo funcionando de forma eficiente. Y es que sin la religión la vida del hombre no hubiese sido posible, si cada uno hubiese hecho lo que quisiera en esas antiguas sociedades en donde la energía era escasa, el grupo no habría podido sobrevivir, pues lo que uno gastaba de más, hacía al de al lado perecer por no tener lo justo para subsistir.

Por tanto ¿son buenas siempre las religiones? Ya hemos dicho que no, que de hecho, a día de hoy la mayoría de las religiones occidentales son perniciosas, por el mero hecho que nos exigen vivir una moral que era producente en sociedades muy atrasadas. Tomemos un ejemplo. El catolicismo a puesto las bases morales de la Europa medieval. En esta época era una moral, con todo lo que se quiera, aceptable. Era producente en muchos aspectos (no todos), por ejemplo, el matrimonio para siempre defendía a la mujer, haciendo que el hombre con que se casase no pudiese ir dejando a la mujer sin su sustento si le daba por desenamorarse e irse con otra. Pero a día de hoy el tipo de moral que nos proponen los integristas de esta religión no nos sirve más que para hacernos la vida demasiado básica y poco feliz. La Edad Media ya pasó, y la moral que marcó toda esta larga época que nos precede no tiene por que ser absoluta, por mucho que sigan insistiendo la gente de derechas, normalmente con muy sucios intereses en intentar detener el progreso de la humanidad.

Llegamos a la pregunta clave: si la religión medieval ya no nos sirve, y hemos quedado que el hombre no puede vivir sin religión, pues es positivo una religión si se adecua a las circunstancias, ¿qué tipo de religión nos convendría para nuestros tiempos postmodernos? Desde luego, todos los integrismos religiosos pretenden decir que la “de siempre”, pero ya hemos dicho que esto no es así. La religión del futuro será una religión plural, tomará elementos de aquí y de allí, una religión cosmopolita, que proclame el amor a la humanidad y a la naturaleza; una religión que nos enseñe una forma de vivir junto a la naturaleza más armónica; una religión en donde todo el mundo quepa, la mayor disponibilidad energética hace que la religión del futuro sea muy plural, contrastando con las religiones del pasado, valen muchas cosas, aunque no todas. La religión del futuro será, en definitiva, una religión que nos enseñe a hacer un arte de nuestra forma de vida. Ya no atenderá a la “salvación” en el más allá, sino a hacer aquí y ahora, a hacer de nuestra existencia una forma de ser estética, bonita, feliz… El mandamiento principal de esta nueva religión consistirá en hacer de nosotros un ser social, seductor, encantador, que pone al “mal tiempo buena cara” y se deleita con los pequeños placeres de al existencia, al modo de Marcel Proust en “en busca del tiempo perdido”, o de Amelie cuando parte con la cuchara “el caramelo de la crema catalana”.

La religión del futuro seguirá guiando nuestros pasos, nos seguirá enseñando cómo vivir. Pero será una religión más plural, habrá menos “herejes”, y serán muy distintos. La ciencia nunca podrá acabar con la religión, sólo lo podría hacer al alto precio de convertirse ella misma en una nueva religión, no menos perniciosa que esos extremismo que han marcado buena parte del devenir del mundo en este final del milenio.

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