Los hombres y las mujeres que se aman

Creo que todos cometemos el error de ser demasiado impulsivos en nuestros años de juventud. En el fondo, a todos cuando somos jóvenes nos entra un irrefrenable deseo de abrazar a una mujer que nos gusta… Pero eso sí, siempre con su permiso… Recuerdo el reciente caso de un futbolista del Real Zaragoza que fue detenido por abrazar sin consentimiento a una mujer que se encontró por la calle… Según él, “no pudo contenerse…” Hay que decir respecto a esto, que son precisamente los hombres menos inteligentes y mas básicos los que no pueden controlar sus deseos… No es que las personas inteligentes no tengan deseos e impulsos; es que simplemente son capaces de controlarlos en vez de que les controlen a ellos. Pero a lo que vamos, reflexionar sobre nuestros deseos, reflexionar sobre nuestros instintos, puede ser una forma de sacarle el mayor partido a nuestra vida instintiva, y todo lo que esto pude conllevar: mejorar nuestras relaciones amorosas, sexuales, con los amigos, con la familia, en el trabajo…

Los instintos nos controlan o los controlamos

Antes, los patriarcas nos exigían que actuásemos simplemente en función de “Dios”, o sea, de unos instintos muy básicos. Por ejemplo, un hombre se casaba con una mujer con la que debería de pasar el resto de su vida (las mujeres llevaban peor esto, sobre todo cuando después del romance inicial, se daban cuanta ha veces que se habían casado con un cretino…); tenía sexo todas las noches con ella, por supuesto, sin innovaciones, el misionero puro y duro; trabajaba de sol a sol (un trabajo en oficios casi medievales, encontrándonos en este país del medievo llamado España…); tenían hijos, se los educaba en la enseñanza de que “cuando seas padre comerás huevos”… Y así todo. En el fondo, esta es una forma de vivir completamente irreflexiva, pero tiene una cosa muy buena para algunos: hace que no te preocupes ni por asomo por problemas políticos y sociales, viviendo así, nos convertimos en seres completamente irreflexivos… Y claro, el alto clero y la alta nobleza estaba encantado con esto (en España aún no tenemos empresariado propiamente dicho, seguimos teniendo “Nobleza”…), pues les permitía frenar el avance de la humanidad, que por supuesto, coincidía también con su propio retroceso.

Y es que todo es política, la forma en que vivimos, la forma en que tenemos relaciones con mujeres, con amigos, en el trabajo..  todo es política. No es lo mismo vivir de la forma descrita; que vivir como hacen en Alemania: la gente elige donde quiere trabajar, con quiera se quiere acostar, quien quiere que sean sus amigos… En España poco a poco nos hemos modernizado, pero aún nos queda lo más difícil: hacer la revolución industrial, impulsada, cómo no, por la revolución francesa… Por este mismo los sacerdotes se mosquean mucho cuando ven esas nuevas familias de dos lesbianas que quieren adoptar una hija… Porque en el fondo, esto puede poner el jaque la hegemonía de la iglesia y la nobleza, que aún nos atenazan a día de hoy, con sus fortísimas ramificaciones dentro de importantes partidos de derechas. Y es que, aprender a amar a las mujeres de otra forma, en vez de la forma típica que hemos descrito arriba, puede ser todo un acto de revolución política. Y así surgió el sargeo: ¿qué más revolucionario que ser un seductor, que poner en jaque los hilos del antiguo régimen, en donde la gente se casa por interés y no por que haya encontrado a un hombre o mujer tremendamente seductor?

Los hombres y las mujeres

los hombres y las mujeres que se amanLos hombres y las mujeres tienen estructuras cerebrales distintas, además de una evidente disimilitud en su aspecto físico. Hombres y mujeres se atraen recíprocamente mediante sus distintos rasgos físicos: a los hombres les encanta la fina piel de la mujer; su fino olor ácido de su sudor; sus pelo largo y abundante; sus femeninas y finas facciones de rostro; sus caderas y sus pechos; sus largas piernas y sus estrechos hombros. En cambio, las mujeres se ven atraídos por el aspecto varonil de los hombres: su torso ancho y sus brazos desarrollados; su olor fuerte; sus piernas firmes y fuertes; su culo prieto y su pecho fuerte. Su cara varonil y su pelo corto…

En el fondo, es como los imanes, dos polos opuestos se atraen. Cada uno desea lo que tiene el otro. La verdad es que a mí me costó asimilar que a una mujer le pudiese gustar un hombre: antes creía que las mujeres eran simplemente lesbianas reconvertidas mediante la coacción social a la heterosexualidad… Pero no comprendía cómo a una mujer no le podría llegar a gustar esos culos enormes de otras mujeres, o esos rasgos finos en la bellos rostros de las mujeres… Pero con el tiempo lo he asimilado, y en el fondo, eso ha hecho que yo mismo sea capaz de aceptarme como hombre… Se acabó el travestirse y los pantis ajustados para siempre…

A las mujeres les gustan los hombres

Y a la atracción recíproca entre los hombres y las mujeres marcada por el físico, se une una no menos interesante: la atracción mental de los hombres por las mujeres; y de las mujeres por los hombres. Y es que, los hombres estamos diseñados psicológicamente para atraer a las mujeres con nuestro carácter, y viceversa. Y es importante destacar, que esta atracción es independiente de una tercera atracción: la sexual. En definitiva, los hombres y las mujeres nos atraemos por tres factores distintos: psicológicamente; físicamente; y sexualmente. Ya de pequeños nos gustan los bellos rostros de las caras de las mujeres, mucho antes de empezar a tener interés sexual en las féminas, en aquellos años en donde no encontrábamos nada interesante entre las piernas de las mujeres, en donde cuando pensábamos en esas partes… no podríamos por menos de hacer una mueca de asco…

En definitiva, que por encima de la atracción sexual, existe este interesante tipo de atracción, que es la atracción psicológica. Ya Freud se dio cuenta que los niños solían tener una mayor afinidad mental con los padres de sus sexo contrario: los niños tenían preferencia por sus madres (complejo de Edipo), lo que causaba cierta guerra de celos entre el padre y el hijo. Y al revés, las niñas tenían más afinidad con sus padres (complejo de Electra) y lo propio, había cierta relación de celos entre las niñas y sus madres. Dígase de paso, que estos complejos provocados por celos, son completamente evitables en un entorno moderno y formado por padres con cultura. Pero eran muy habituales en entornos de padres casi analfabetos, que, precisamente, actuaban poco más que por instintos.

Y es que, las mujeres se ven atraídas por el espíritu varonil del hombre: les gusta los hombres seguros de sí mismos, un poco guerreros y aventureros; que saben un poco de todo, tienen ese halo de autoridad en sus palabras; que saben arreglar la lavadora, y que siempre encuentran aparcamiento para el coche; que eligen los planes para irnos de vacaciones, y las sorprenden con improvisados viajes; y que las defiende cuando un atracador nos asalta en nuestro paseo en el parque…

Y los hombres amamos el fino espíritu de las mujeres: esos movimientos femeninos y despreocupados al andar; ese espíritu de mujer un poco niña, siempre preocupada por cuidar a sus bebés…; ese espíritu maternal y responsable, que hace que nos regañe cuando nos destrocemos los pantalones vaqueros en aquel campeonato de coger conejos en el barro (gana el primero que coja al conejo…); ese espíritu social, amable, simpático; a su vez que sensual, femenino; un tanto, expresando la belleza de la naturaleza en su estado más puro, más acogedor, en donde los abrazos de las mujeres hacia los hombres se terminan convirtiendo en la antesala de los placeres prohibidos.

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