Los temperamentos elementales 1

(Este texto fue publicado originariamente en mi viejo blog de blogspot de arte y pensamiento. Para que no se pierda, le hago un hueco por aquí…)

Al principio había cuatro elementos: tierra, fuego, aire agua. Los cuatro elementos se mantenían separados unos de otros, y así, se terminaron formando cuatro inmensas columnas de estos distintos elementos que se extendían hacia el cielo en una longitud infinita. El cielo parecía permanecer perpetuamente estable, y perpetuamente sostenido sobre estos cuatro elementos. Era la paz primigenia, todo era Orden. Pero la estabilidad nunca fue completa. Dentro de las columnas de distintos elementos había ciertas anomalías. Parecía que había quietud, pero de repente, podía llegar a vislumbrarse una llama centelleante que surgía desde la columna de fuego. En la columna de tierra podía verse un fenómeno similar: una raíz empezó a brotar desde la propia columna, alterando brevemente la absoluta estabilidad del universo.

El Dios del Orden era previsor, sabía que esto podía llegar a pasar. No en vano, las columnas de fuego y tierra eran las más inestables de todas. Sabía que si el fuego quemaba las raíces de la tierra, o la tierra apagaba las llamas del fuego, el mundo podría devenir en un Caos, y toda la estructura del Universo siempre estable podría desmoronarse. Las columnas de tierra y de fuego se odiaban mutuamente. A pesar de esto, ambas se llevaban bien con el resto de columnas elementales. Mirando de frente, la columna situada más a la izquierda, era la de tierra. A su lado estaba la tranquila columna de agua. Luego le seguía la divertida columna de aire, normalmente también muy tranquila. Para cerrar, a la derecha del todo, estaba la iracunda y terrorífica columna de fuego.

Hemos dicho que el Dios del Orden, siempre previsor, colocó a las columnas de tierra y a la de fuego de tal forma, que por sí mismas nunca podrían llegar a tocarse. Así, el Dios Todopoderoso permaneció eones tranquilo, subido en la plataforma celestial que era sostenida por las cuatro columnas elementales. Pero la columna de tierra y la columna de fuego se odiaban demasiado. Ambas pretendían que la otra columna no formase parte del universo elemental. Un día, la columna de fuego, iracunda, intentó acercar una de sus llamas a la columna de tierra, para así lograr, aunque sólo fuese, chamuscar alguna de sus raíces. Para ello trazó un plan. Convenció a la columna de aire que absorbiera una de sus llamas para así lograr acercarse al territorio de la columna de tierra. El ataque tuvo éxito, y la columna de fuego logró traspasar la columna de aire, y llegó más allá de lo que había llegado nunca ningún elemento desde su posición. Pero fracasó a la hora de intentar traspasar la columna de agua, y la llama se apagó contra tal formidable barrera. Pero la columna de tierra no permaneció impasible ante similar amenaza. Así, trazó un plan, y dirigió una de sus raíces hacia la columna de agua. Con tal formidable elemento que hizo crecer a la raíz, esta logró llegar hasta la columna de aire, pero no pudo traspasar el enorme vendaval provocado por el aire, y la raíz se dobló y se quebró.

Ninguna de las dos columnas antagónicas podía llegar completamente hasta la otra. Pero es evidente de que entre ambas podían llegar a hacer todo el camino: se encontrarían en un punto intermedio. Sólo era cuestión de tiempo. No hay crónicas de cuando pasó esto, pero es evidente de que pasó. El día en que se encontraron la raíz de la columna de tierra con la llama de la columna de fuego, fue el día en el que acabó el Orden, y empezó el Caos. La oscuridad se apropió de toda la tierra. Pasaron eones hasta que desde el Caos que provocaron la terrible confrontación entre elementos empezó a brotar ciertos rallos de luz. Así, desde el Caos, surgió el Cosmos, y volvió a ser posible la luz. Pero el Caos siempre amenazaba con invadirlo todo. Parece que el Orden había muerto para siempre.

De esta forma se formó el Universo, las galaxias y los planetas, siempre luchando contra el Caos. El Cosmos pareció imponerse, pero sólo en lucha perpetua contra el Caos. Una vez que fue posible el Cosmos, la luz se empezó a extender más intensamente por algunas zonas del universo. Así, en el planeta tierra surgió la vida. Un montón de bestias terribles se empezaron a arrastrar por la luz crepuscular que cubría durante parte del día la tierra. Pero a otras bestias no les gustaba la luz, y sólo se mostraban por la noche. Hubo una infinidad de cataclismos que acabaron con estas bestias, y otras las sustituyeron. Un día, una de estas bestias pastaba plácidamente en medio de una enorme llanura de verde hierba. Pero mientras pastaba, contemplaba una imagen que le causaba cierta inquietud. “¿Qué será esa enorme bola de fuego, que aparece todos los días a la misma hora, y parece hacerse cada día más grande?” La enorme bola de fuego acabó con la mayor raza de bestias que han habían poblado la tierra hasta hace unos mil setecientos años, en donde una nueva y terrorífica bestia surgió, al fusionarse una moral hecha para ángeles, con el brutal poder del imperio romano. Pero ochocientos años antes de este terrible drama, había aparecido la que sin duda era la forma más cristalina en que se había manifestado nunca la Luz Primigenia surgida desde el Cosmos: tenía mirada bella y ancha, y estaba dotado de una mente aún más ancha. Nunca el Cosmos fue tan bello. Esta bella mirada dirigía sus ojos hacia el azul mar de las costas de Mileto.

Así, se fue creando la totalidad del Cosmos, en un juego y guerra infinitos entre los cuatro elementos. Los hombres también se formaron desde estos cuatro elementos. De esta forma, en todos los hombres terminó por predominar uno de los elementos:

Flemáticos

flematicoEl elemento agua terminó formando a los flemáticos, hombres de mirada poco profunda, de cabezas y cuerpos normalmente redondeados. Descuidados un tanto en su vestimenta y en su aspecto, de carácter extremadamente tranquilos. No es fácil hacer que se enfaden, y por lo general, siempre están satisfechos, aunque no lo exteriorizan demasiado. No les gusta las complicaciones de la vida, prefieren tomar el camino fácil. Esconden sus sentimientos para sí mismos, y son eminentemente pragmáticos, les gustan las cosas prácticas, y no les gusta nada las actitudes románticas. Pasan la vida satisfechos de todo lo que hacen, y por lo general, no se enfadan por nada ni con nadie. Por lo general, se llevan bien con todo el mundo, y nada les disgusta, todo el mundo parece hecho a propósito para complacerlos. Por lo general, son personas inteligentes, que aprecian las cosas prácticas, como la ciencia y las matemáticas, cosas útiles para el día a día, que hacen la vida más fácil.

Sanguíneos

sanguineoEl elemento aire terminó formando a los sanguíneos, hombres de temperamento alegre. Siempre con una sonrisa en los labios, dispuestos a convertir cualquier elemento de la vida cotidiana en puro juego. Buscan ante todo el contacto con los demás, por lo general, tienen muchas amistades. Siempre juguetones, siempre felices, siempre de buen humor. Con este panorama, es evidente que no es fácil hacer que se enfaden, y aunque esto llegue a ocurrir, normalmente, en cuanto vuelven a ver algo divertido por el mundo, se les pasa el enfado y no se vuelven a acordar de los motivos que, por unos instantes, parecieron sacarles de quicio. Parece que este es un tipo de persona con la que uno pasaría encantado el resto de su vida. Pero el sanguíneo tiene un aspecto negativo, además de otro aspecto muy, muy desagradable… que se le va a hacer… ¡nadie es perfecto! Empecemos por el aspecto negativo: rebosar tanta alegría no parece que te deje demasiado tiempo para pensar, y mucho menos para pensar con profundidad. Así, el sanguíneo no parece que pueda llegar a tomarse nada lo suficientemente en serio como para profundizar hasta encontrar la verdadera esencia de las cosas. Esto le da un aspecto al sanguíneo de persona superficial. Vayamos ahora con el aspecto desagradable… y es que… el sanguíneo parece muy divertido cuando lo ves cantando y bailando por la calle… pero cuando entra en su casa y se reúne con su mujer y sus hijos, puede ser la persona más miserablemente histérica e iracunda que existe (desde luego, sin contar la terrorífico colérico), pareciendo, que como en el mito de Jeky y mister Hide (mis disculpas por escribirlo mal…), su personalidad se desdobla, transmutándose en una especie de dictador del hogar que no duda en rellenar su incapacidad para razonar sobre absolutamente nada con una buena manta de mamporros, comúnmente dirigidos contra su mujer y sus hijos. Por supuesto esto sólo en ciertos casos, la mayoría de los sanguíneos son encantadores (y superficiales…) tanto dentro como fuera de casa.

Segunda parte de Los temperamentos elementales

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