Los hijos de las estrellas

Este cuento participa en el concurso de relatos de ciencia ficción de Zenda

La eyección de los gigantescos motores causaba un bramido agudo y metálico que se extendía en un gran eco por toda la agobiante atmósfera. El día era borrascoso, la leve lluvia se juntaba con los vapores que desprendía El Gigante, cuya enorme silueta gris oscuro se recortaba sobre el cielo plomizo. Era el día de partir. Y antes de subir a El Gigante, miré hacia atrás, con una última mirada de despedida. Vi los árboles y las montañas al fondo, la gente enfrente, las enormes estructuras metálicas por los lados… Y todos los pensamientos se condensaron en mi mente en un instante.

Los hijos de las estrellas

Pensé en aquél día en la selva, hace tanto tiempo. Allí estaba aquél australopitecos, galopando por el suelo de la selva como una ágil gacela. Los demás primates no podían correr tanto, por lo que serían presas fáciles de los depredadores. Pero el puro azar de la evolución, dotó a nuestros antepasados de una movilidad bípeda asombrosa. Aquél fue el orígen de nuestra humanidad. Su cerebro seguía siendo el de un simio, pero la complejidad de movimiento que supuso la bipedestacion, hizo que el cerebro fuese creciendo, pues era necesario mayor complejidad mental para responder a la mayor complejidad física. Era el primer paso de la raza humana. Aún no había máquina, pero nuestras piernas fueron las primeras máquinas.

Le sucedieron nuestras manos. En el suelo había muchas más cosas que manipular que en las ramas de los árboles, así que la Evolución siguió moldeándonos. Y esas piernas y esas manos y ese cerebro, ahora ya podían extender su poder. Y aquél día, Excaliburt fue entregada a Arturo. Y así, pudimos manipular palos, crear puntas de lanzas de piedras, usar huesos como agujas, hacer hachas y lanzas… Nuestro cuerpo moldeó a las herramientas; y las herramientas moldearon nuestro cerebro, y volvieron a cambiar nuestro cuerpo. Todo se empezó a retroalimentar.

Tales sacudidas azotaron nuestra estirpe, que otro día, nuestra mente se expandió. Y de nuestra boca surgió un hechizo mágico, que con el tiempo llamaron el lenguaje. Y ese hechizo mágico, se coló en nuestro cráneo, y con su constante retumbar (que ya nunca cesaría), moldeó aún más nuestra estirpe. Y así, un día las ancestrales capillas aparecieron cubiertas de dibujos de bisontes; las herramientas fueron adornadas con todo tipo de atrezos; los muertos abandonaron a su tribu entre suntuosas ceremonias…

Los homínidos eran cada vez más poderosos. Cada reto que superaban, los daba poder. Y con su estandarte de poder, se extendieron por grandes zonas de la Tierra. Y en la piel de este poderoso guerrero, se podía ver un tatuaje que decía:

“Homo ex machina”

La naturaleza humana se había unido a la naturaleza de la máquina. La lanza terminó siendo la extensión de nuestro cuerpo; y el lenguaje terminó siendo la extensión de nuestra mente. Muchos peligros atravesó la vieja estirpe, hasta que llegó a una bonita tierra con unas hermosas playas de aguas azules. Y allí la rueda de nuestra historia volvió a girar. Tan rápido como no lo había echo nunca…

Y un primer niño nació en aquellos parajes. El niño era prodigioso, pudo entender las reglas que le dan sentido a nuestro lenguaje, y de ahí, pudo entender que la naturaleza se estructura en una dimensión geométrica con ciertas normas. Y pudo entender que todo es un orden con cierto equilibrio, y que lo que derrumba tanto las montañas más altas; como las ciudades más prósperas, responden a una misma desestabilización de ese equilibrio. Y con aquél entendimiento, creó máquinas, herramientas de labor, armas de guerra, barcos de transporte, pero también los primeros rotobs, y el primer ordenador.

El niño siguió creciendo, y llegó a la adolescencia, edad difícil. Fue larga y oscura. En la oscuridad de los monasterios, los peores fantasmas carcomieron un alma en crecimiento. Pero los peores inviernos son muchas veces la condición de las más refulgentes primaveras. Y así, ese problemático adolescente, salió de su oscura morada, convertido en todo un fuerte hombre. El fuego que parecía que todo lo consumía, en realidad, estaba forjando aún más a Excaliburt.

Y este fuerte hombre, fue capaz de hacer sus mejores creaciones hasta la fecha. Y así, este hombre pudo entender las leyes que rigen el movimiento, pudo entender el funcionamiento de los organismos vivientes, pudo aprender a modelar todo el Universo mediante la poderosa herramienta de las matemáticas… Y usó ese entendimiento, para crear aún más máquinas y dominar toda la Tierra.

Fue en verdad poderoso este hombre. Pero toda poderosa espada conlleva un peligro, el peligro de cortarte con tu propia espada. Por eso mismo, este hombre también quiso entender el arte de los gobiernos, el sentido del alma humana, y al fin, el destino de nuestra especie. Y en esto último, el hombre empezó a mirar hacia las estrellas.

Y este hombre, al fin, llegó a anciano. Gran sabiduría, pero también quizas, el riesgo de una inminente muerte. Por eso, era necesario el resurgir de una nueva estirpe, que no rompiese con la vieja, si no que la revitalizase. Un nuevo niño iba a nacer. Una nueva estirpe iba a nacer. Y lo haría fuera del planeta Tierra.

El hombre llegó a la Luna en 1969. Ese fue el primer paso. En el año 2078, el primer hombre llegó a Marte. Una ciudad lunar fue construida en el 2184, y la primera colonia en Marte fue establecida en el 2328. Durante otros nueve mil años, fueron colonizados otros planetas y satélites del Sistema Solar. Y hoy, el año oncemil trescientos doce de nuestra era, parte desde la Tierra la primera astronave rumbo hacia Proxima Centaury, el primer exoplaneta que quizás algún día, pise la raza humana.

Los motores ya se encienden, El Gigante gruñe y retumba con el lamento del que sabe que abandona su hogar. La gigantesca astronave es una ciudad gigante. Miles de generaciones deberán de vivir aquí, hasta que quizás, algún día, puedan volver a parir a sus hijos bajo el calor de algún lejano Sol.

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