Una noche de amor y sexo (continuación)

Continuación de una noche de amor y sexo

Cuando jugamos sentimos de alguna manera que estamos haciendo algo grande. Uno se mete de lleno en el juego en el que está inserto… de alguna manera, eso es en esos preciados momentos todo nuestro mundo. Uno gana y el otro… se divierte. Eso es jugar. Las personas a las que no les gusta jugar… son tan aburridas. Es curioso, que en el idioma anglosajón, la palabra para una representación de teatro sea “play”, que significa como sabemos “juego”. El arte también se relaciona de lleno con el juego. En las historias de los cuentos alguien gana y alguien pierde, igual que en el juego… Siempre nos queda esa intriga de saber quien gana y quien pierde. Desde luego, los primeros que pierden en el juego de la vida son los que no juegan. Vivir como si ya lo hicimos antes, pero lo hicimos de forma cobarde… Pero a veces, las apuestas en el juego de la vida pueden ser muy peligrosas. Yo hice una apuesta muy gorda hace ya algunos años… y en cualquier día de estos, daremos la vuelta a las cartas, y veré si gano o pierdo en el juego de la vida. Todo, incluso la misma concepción metafísica del Universo, es puro juego… lo sabían bien mis amados presocráticos. Heráclito criticaba al poeta que deseaba que terminase la guerra: si la guerra es juego; y el universo es juego; si termina la guerra termina el Universo. Habría paz, sí, pero a costa de la aniquilación. Y esto aún no lo comprenden muchos, que necesitan aún de un Dios trascendente para que haga justicia en la tremenda injusticia que es la historia humana. Pero a mi me gusta el juego… no es lo mismo decir eso que me gusta la guerra… Pero el instinto de pelear está muy metido en el corazón de los hombres, sobre todo los hombres en el sentido de machos de la especie humana. A nosotros nos gusta jugar… pelear y ganar. Y es que… a todos nos encantan los gatitos… que siempre juegan con su ovillo de lana… hasta que se hacen adultos. Los gatitos son muy distintos a estos en los hombres. Es nuestro destino: los gatitos juegan con su ovillo de lana hasta que se hacen gatos adultos y empiezan a aparearse; pero los hombres, jugamos hasta que nos morimos, incluso convertimos la cópula en un juego. Es la neotenia, ser niños para siempre, un enorme componente evolutivo en la adaptación genética del hombre actual al medio tecnológico. En este artículo, continuamos nuestra historia de “una noche de amor y sexo”.

La noche es joven

Conté hasta cien. Al principio de empezar a contar, oí los pasos de María, alejándose desnuda para esconderse de mi mirada. Cuando iba ya cerca de terminar la cuenta, hacía bastante que había dejado de oír los pasos de María. Y llegué a 100. Cuando me separé de la pared de contar, me encontré que el garaje estaba a oscuras. Di la luz, tras dirigirme al led rojo que la señalaba. Y me vi a mi mismo completamente desnudo salvo las chanclas. Vi mi cuerpo terso, blanquecino, vi mis propios genitales, vi mis piernas, mi pecho… y reconozco que entre todo eso, y la sensación del calor del verano… me excité… Tanto que parecía un tiburón con la aleta desplegada… Supongo que eso es pecado… los pecados son tan divertidos.

Me sentí vulnerable a  las posibles miradas de María… pero por otro lado, quería que María me viese así, completamente desnudo, y con mi pene en posición de “alerta”. Es curioso que cuando empezaba con la adolescencia, me avergonzaba completamente de mis erecciones… pero ahora es distintos, ahora controlo mi cuerpo y mi alma. La dietética del alma hace posible que podemos llegar a toma total control sobre nuestro cuerpo con nuestro espíritu.

Me sentía vulnerable… pero completamente cachondo… Quería que María me viese así… y yo quería verla a ella. Pero a pesar del calentón monumental, habíamos pactado jugar… Así que apagué otra vez la luz del garaje, y empecé a buscar el desnudo cuerpo de maría.

una noche de amor y sexo 2Yo conocía mucho mejor que María la casa de campo de mis padres… con lo que podría jugar con esa ventaja. María podía estar en cualquier lado… y si yo abandonaba el garaje, María podría salvarse en la pared de contar… Por eso, se me ocurrió hacer como que me había ido, para que ella, confiada, corriese hacia la pared del garaje de contar para salvarse primero, y recoger su albornoz después. En el momento oportuno, yo encendería la luz y la vería desnuda… y ella a mí.

Así que me senté a oscuras en el garaje, para poner en práctica mi estrategia para ganar el juego. El premio: ver a María desnuda. Cuando oyese sus pasos, encendería la luz de golpe… y tendría mi victoria en el juego. Estuve varios minutos así. Al cabo de diez minutos, oí  abrirse la puerta trasera del garaje que da a uno de los patios interiores… era ella. Al cabo de unos segundos, vi como entraba la luz del patio por la puerta de la trasera, entreabierta. Y al cabo de unos segundos más, pude ver la silueta del cuerpo desnudo de maría, recortada sobre la luz del patio que entraba por la puerta. Pero solo la vi su silueta… nada más se podía adivinar en la oscuridad del garaje… Y cometí un error: quería verla desnuda, ya… y encendí la luz del garaje… pero ella, que aún no estaba confiada de que yo no pudiese estar por ahí… enseguida salió corriendo, y volví al patio interior cerrando la puerta de golpe… Yo corrí tras ella. Abrí la puerta del patio interior, que estaba iluminado como hemos dicho… Pero no pude más que ver cómo una de las puertas a las que da el patio interior, que lleva a unos antiguos establos, se cerraba de repente…

Mi primera estrategia había fracasado. Tenía que pensar algo distinto… o me quedaría sin mi victoria. María llegaría al albornoz y ya no la vería desnuda. Atravesé el patio interior, lleno de plantas a los lados, y llegué a la puerta por la que acababa de entrar María. Desde esos antiguos establos se puede llegar casi a cualquier sitio de la casa… con lo que ahora María podía estar camino directo de entrar en el garaje, para poder recoger de nuevo su albornoz… con lo que me desilusioné.

Pensando esto, decidí volver al garaje otra vez… pero ahora no optaría por la estrategia pasiva. Iba a ir a encontrarla. Abrí la puerta del garaje que lleva a las habitaciones principales de la casa, en donde habíamos estado María y yo lavándonos. Subí las escaleras, y llegué a las habitaciones principales. Era la zona de confort de la casa, parecida a un piso de ciudad. Uno de los salones de esta parte daba a un balcón desde donde se podía controlar los patios interiores. En plena oscuridad, entré en este salón y me asomé al balcón. No noté movimiento al principio… pero cuando estaba oteando palmo a palmo la actividad de cada uno de los tres patios desde la altura del balcón… oí algo justo por detrás de mí…

Era ella… cuando la oí, caminando lentamente en medio de la oscuridad del pasillo, abandoné el balcón, y muy despacio, atravesé el salón en donde estaba el balcón, hasta llegar a la altura de la puerta que da al pasillo… María andaba cerca de llegar a esa altura, y se iba a encontrar de lleno con mis brazos… La luz del pasillo estaba algo lejos, justo a la entrada, por lo que no podía arriesgarme a ir a encenderla, ya que eso le daría tiempo suficiente a Maria para retroceder, y escaparse de mi mirada, volviendo a la parte trasera de la casa.

En esos momentos, sin querer, uno de mis pies chocó contra la pared, haciendo algo de ruido, ya que casi me caigo… y ella se quedó de repente paralizada, sin atreverse siquiera a respirar. La sensación que debimos de tener los dos en estos momentos, era una extraña sensación entre el morbo de poder vernos desnudos; por un lado; y el terror de estar a oscuras, con esa sensación de extraña ansiedad a un peligro que no existe, por otro.

María al fin, habló, y dijo.

–Arthur, tengo miedo… no me importa y a que me veas desnuda, es esta sensación de acecharnos el uno al otro en la oscuridad… es muy fuerte, puede más que yo… Enciende la luz, y mírame desnuda si quieres… pero no quiero seguir con esta situación, la sugestión, el sentirse acechada en la oscuridad… es una sensación de pánico como no puedes comprender… Yo soy una mujer, y por eso mismo siempre me sentí acechada… pero al menos, había luz. Me han amado 3 hombres en mi vida… yo les di permiso. Pero si sólo 1 me hubiese amado sin mi permiso… mi vida hubieses quedado destrozada… Da la luz, has ganado, no quiero seguir con esto… Ha sido divertido… pero hasta aquí llegó el juego.

Por unos segundos yo tuve la tentación de no responder, y seguir con el juego como si nada… Pero la sangre volvió a mi cerebro… Y ya al fin dije:

–Tranquila, María. No daré la luz, un jugador tiene la potestad de dejarse ganar por una buena causa… A sido divertido… Pero al final, yo no quiero ganar… No quiero robarte una imagen de tu cuerpo… lo disfrutaría durante unos minutos, pero me arrepentiría durante el resto de mi vida el haberte robado esa imagen.

Cuando estaba diciendo esto, María se tranquilizó, y volvió a avanzar por el pasillo… de repente, ella abrió la puerta que daba a las escaleras que daban al garaje donde estaba la pared de contar y el albornoz… Bajó rápida las escaleras, y cuando llegué yo a bajo, María estaba con el albornoz puesto. La pude ver perfectamente, porque había encendido la luz del garaje en donde estaba la pared de contar… Y ella también me pudo ver a mí, completamente desnudo…

Estaba con los brazos cruzados, sonriendo con una mirada pícara… me había engañado.

Al final, yo también cogí mi albornoz y me lo puse… ya me había visto desnudo, así que no me di mucha prisa… ella dijo.

–Las mujeres aún no hemos perdido hasta que el juego no ha terminado… En fin, creo que es hora de vestirnos y de volver a la ciudad… nos esperan nuestros amigos.

Subimos con los albornoces ya puestos y con la casa otra vez iluminada, las escaleras que haya entre el garaje y las habitaciones principales. Nuestra ropa ya se había secado, así que cogimos cada uno nuestras prendas, y nos encerremos en habitaciones distintas para cambiarnos.

María ya se había encerrado en su habitación con su ropa… y yo iba a hacer lo propio, pero cuando me di cuenta, vi que ella, sin querer, había dejado caer sus bragas… Así que, toqué en la puerta de la habitación en donde se cambiaba… y la dije.

–Querida, te has dejado algo por aquí… te lo dejo en la mesita del pasillo, yo me voy a cambiar…

Abrí la puerta de la habitación en donde yo me cambiaría, y la cerré de golpe… pero yo seguía fuera. Me sostribé sobre la pared del pasillo a oscuras, justo al lado de las luces… y en no mucho, se empezó a abrir la puerta de la habitación de María, que salía a recoger su ropa interior… Y cuando ya estaba en la mesita en donde había puesto yo sus bragas… di la luz. Pero me encontré con maría, cruzada de brazos y riendo, y con el albornoz puesto… Y ella dijo:

–Bueno, ha estado bien… pero has fallado en tus tres estrategias… Las mujeres ganamos… Pero somos generosas en el triunfo… por eso…

Y dicho esto, María se desabrochó el albornoz… y poco a poco, lo empezó a dejar caer suavemente a través de sus hombros.. hasta que al fin, calló al suelo, y yo tuve al fin a Maria completamente desnuda frente a mí… yo hice lo propio, me desprendí de ese dichoso albornoz que me quemaba… y corriendo, fui a abrazar el premio que María tan generosamente había querido compartir conmigo…

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