Una noche de amor y sexo

La creatividad puede ser un ingrediente muy interesante en las relaciones de pareja. Comúnmente, nos enamoramos y nos interesamos por personas espontáneas, poco previsibles, con gran capacidad para sorprender… La creatividad engloba todas esas características… Imaginémonos lo que puede ser la vida al lado de una de estar personas, creativas, llenas de imaginación, y que son capaces de extrapolar esa imaginación y esa creatividad al terreno amoroso… y sexual. La monotonía en las relaciones de pareja, tanto como en otro tipo de relaciones, se termina por hacer muy poco sexy y aburrida… Las personas más cotizadas para aventuras amorosas y sexuales no son las que más dinero tienen… como aún alguno sostiene por ahí (y no miro a nadie…) Quizás una persona con dinero sea interesante para pasar una vida junto a él… porque lo que no nos pueda dar esta persona, nos lo dará su dinero. Pero todos, hombres y mujeres, queremos un hombre o una mujer que nos haga vibrar, alguien con imaginación, creativo, alguien que sea intrépido con su sexualidad y en sus relaciones amorosas… En este artículo una noche de amor y sexo.

Una noche inolvidable

Como todos los sábados por la noche, salí con mis amigos para dar una vuelta por la ciudad. Estaba solo y aburrido en la casa de campo de mis padres, así que ese sábado tenía especial ganas de salir a la cercana ciudad a dar una vuelta… Llegué como siempre, puntual a la hora y el lugar de la cita. Disfruto mucho este viaje de los sábados a la ciudad para salir de fiesta, disfruto como va cambiando el paisaje, salir del mundo rural para meterse en el entorno urbano… Es como si dos mundos mágicos colisionaran el uno contra el otro, puro impacto. La tranquilidad del campo contra la sensualidad de la ciudad… Antes me podía más la tranquilidad del campo, pero ahora supongo que me aprietan demasiado mis instintos, y ya no me gusta tanto el campo… me parece poco sexy… Seguro que algún día volveré a disfrutar de la tranquilidad y de los paisajes místicos del pueblo en donde se sitúa la casa de campo de mis padres…

Y llegué al sitio en donde había quedado con mis amigos. Íbamos a comer algo antes de salir a tomar alguna copa por los locales de moda, como de costumbre… Pero ese día, había un invitado nuevo a nuestro grupo. Mejor dicho: una invitada. Era una chica. Más o menos tenía la misma edad que los demás miembros del grupo. Era de estatura media, de pelo oscuro, de ojos profundos y de piel tirando a blanquecina. Cuando la pregunté su profesión, me dijo que era matemática. Trabajaba en consultorías… La mezcla entre la sensualidad de su cuerpo y la sensualidad de sus curvas, por un lado; y su inteligencia, su profundo y comprensivo alma y su elevada sensibilidad, por otro, me cautivó desde el principio… Nunca se sabe por qué puerta va a entrar el amor. Eso me fascina de la ciudad: es tan excitante, hay tantas mujeres… Pero las mujeres, el sexo y el amor, sin imaginación, creo que sería una tierra casi yerma, algo prácticamente muerto. Estuvimos muertos… pero nuestros cuerpos se empezaron a calentar de repente, y resucitemos demasiado calientes…

Estábamos tres chicos y cuatro chicas, en total. La nueva era el número 7 del grupo. Me cautivó desde el principio… Estuvimos comiendo en un restaurante. Creo que a las mujeres habría que juzgarlas por sus modales en la mesa… No, no me he vuelto pijo de la noche a la mañana… pero es que creo que esos pequeños detalles son indicios de grandes virtudes… La forma que tenía María (así se llamaba) de comer, de ruborizarse cuando alguien la miraba a los ojos mientras se llevaba el tenedor a la boca, la forma que tenía de limpiarse los morros con la servilleta; la forma que tenía de apoyarse sobre la mesa, y esa gran habilidad por mi siempre admirada de poder hablar a la vez que comer, desde luego sin causar la repugnancia que causan otros seres que les da por juntar estas dos actividades… todo eso me cautivó…

Al final, después de salir del restaurante, descubrimos que se había puesto a llover. Llovía a cántaros.. María se adelantó, y yo hice lo propio… Me la quería ligar, lo reconozco… Hablemos un poco, a la vez que nos seguían detrás nuestro el resto del grupo. Cuando estábamos a punto de entrar en el local en donde habíamos decidido (con una aburrida rutina que a mi ya me cansaba…) empezar la noche… pasó un coche a gran velocidad, con tal mala suerte que, justo cuando llegaba a la altura de María y de mí, pisó un bache que estaba lleno de agua, y María y yo terminemos por ser el blanco de varias decenas de litros de agua embarrada que la inoportuna rueda del coche había impulsado sobre nosotros…

Así, nos quedemos ambos sucios y mojados… y aún no había habido sexo… Ella estaba incómoda, y se quería ir a casa para ducharse… Yo también, pero nuestros amigos nos convencieron de que eso no era nada, y que se secaba enseguida… Así que entremos al garito de moda, para empezara tomar unas copas… Mientras tomábamos las copas, seguimos hablando un poco más, comentando la anécdota de la mojada… Ella me preguntó si siempre salía con esos amigos. Yo le contesté que si. Me preguntó también sobre nuestros hábitos de salir… Parece que era una chica que no le gustaba nada lo rutinario, y la monotonía del día a día. Ella amaba a la gente que sabía sorprender… Me contó que había terminado una larga relación de 10 años con su novio, con el que iba a casarse… Él era un buen chico, con lo que eso conlleva… Era un tío atractivo, con una buena carrera, con una buena posición económica… pero la vida junto a él se hacía aburrida… Por eso María lo dejó, anulando incluso los planes de boda.

Yo me iba dando cuenta que no tendría ninguna posibilidad con María si yo mismo no era interesante y provocador… Los provocadores son los hombres más odiados; pero más amados a la vez. Porque son intrépidos, porque no saben lo que es aburrirse, y sobre todo, porque tienen la capacidad que tanto aman las mujeres de sorprender…

Y es que, a una mujer se la ama con mimos, con arrumacos, con abrazos; y también se la ama con besos, con sexo, con frotamientos… Pero todos estos dos tipos de amores, el tierno y el sexual… deben de estar aliñados con algo más, con el ingrediente de la sopresa. Una mujer ama a los hombres que saben sorprender, es algo innato en ellas: ellas buscan un hombre nuevo cada día; pero siempre en el mismo cuerpo.

María estaba de suerte: yo era un buen amante, a la vez que un buen provocador…

Ambos seguíamos estando húmedos y sucios, lo que nos causaba mucha incomodidad… Habíamos terminado ya nuestras copas, así que el grupo de 7 amigos nos dispusimos a cambiar de local… A María no le gustaba la rutina de ir de un local a otro… Entre eso, y entre que estaba incómoda con la ropa sucia… hizo un amago de querer irse a casa. Pero al final, la convencí para que se quedase con nosotros. Pero yo mismo seguía muy mojado y sucio por culpa de nuestro incidente… Así que, se me ocurrió hacerle una propuesta a María. En un momento en donde nuestros otros 5 amigos se distrajeron, yo la ofrecí que se viniese a mi casa de campo en el pueblo de mis padres para lavarnos un poco; y luego nos volveríamos a reencontrar con nuestros amigos, en una hora más o menos… Al hacer esta proposición, ya vi yo mismo mi propio plumero… pero hay que ser valiente… Ella no se creía el morro que tuve por proponerle aquello. Pero si una cosa me he aprendido del liberalismo, es que tú le puedes pedir a alguien lo que quieras: si ese alguien quiere, te lo concede; y si no quiere, te jodes… No debemos de ser tan tímidos en pedir… Una mujer no se va a sentir incómoda ni aunque la pidamos que se acueste con nosotros, si lo hacemos de la forma adecuada… Incluso se sentirá alagada. A las mujeres les encanta rechazar… démosles la oportunidad de que estén encantadas…

Al final, la expliqué la situación de la casa de campo de mis padres: era una gran casa-granja, que había sido rehabilitad por mis padres para pasar en su pueblo original parte del año. Pero ahora mismo ellos no estaba  allí, pues habían ido de vacaciones a la playa. Por lo demás, la casa era muy grande, acogedora y llena de secretos mágicos. Con todo, la conté a María tantas cosas fascinantes sobre esa fascinante casa… que ya no pudo por menos de aceptar mi propuesta de ir a verla, a la vez que nos dábamos una ducha, y nos poníamos otra ropa seca. Así que, nos despedimos de nuestros amigos… les dijimos que cada uno nos íbamos a nuestra casa, a cambiarnos, porque estábamos incómodos con las ropas mojadas…

una noche de amor y sexoUna vez que nos hubimos despedido, fuimos hasta mi coche, en el que haríamos el trayecto de 20 minutos entre la gran ciudad y mi pueblo. Fuimos dando un ameno paseo hasta que lleguemos al coche, que estaba a 10 minutos de donde nos habíamos despedido de nuestros amigos. Era verano, y se hacía agradable andar por la calle tranquilamente acompañado de tan buena compañía… La magia de la noche y del misterio hacía el resto. Al fin, llegamos a mi coche, y pusimos rumbo hacia el pueblo de mis padres… El viaje de vuelta, fue interesante. Esa sensación de abandonar las luces de la gran ciudad e internarse en el salvaje campo me sigue fascinado… Creo que también fascinaba a María, que contemplaba con gran entusiasmo el estrellado cielo que se veía por el parabrisas.

Llegamos al pueblo de mis padres, mi pueblo también en el fondo… las luces del pueblo que nos vuelven a iluminar tras en tránsito por la oscuridad, reconfortan, pero también nos dan la sensación de que hemos llegado a una zona con menos poder para iluminarnos, y para encontrarnos en medio de la luz, que la propia ciudad. Ese tránsito entre el pueblo y la ciudad… me fascina. Y a María, también, parecía estar anonadada con aquél sospechoso viaje en aquella noche de sábado…

Al fin, aparqué delante de la casa de campo de mis padres. María estaba expectante por ver donde estaba aquella casa que con tanta pasión yo la había descrito. Aparqué frente a la enorme fachada de la casa. Salimos del coche y nos dirigimos a la puerta de principal de la misma. Esos momentos, en donde yo metía la llave en la cerradura, y ella esperaba con inquietud… se hicieron unos momentos largos, pero provocadores también. Casi no hablábamos, estábamos ambos empapados de las poéticas sensaciones del lugar, un lugar humano, pero muy distinto de los humanos lugares de una gran ciudad…

Al fin, entramos ambos y cerremos la puerta. Subimos las escaleras que había justo enfrente de la puerta, y terminemos en la parte alta de la casa, en donde están las duchas y las habitaciones… Pero la casa era enorme: tenía dos pisos; un garaje enorme; tres patios interiores, uno de los enorme también, un jardín interior, un sótano, varias enormes cuartos, que antaño eran una especie de granja para distintos animales, pero ahora estaban rehabilitados y convertidos en salas de estar de tipo rústico… varios desvanes, dos cocinas… En fin, aquella era casi más una mini ciudad que una casa… Era enorme, y no sólo por la gran cantidad de lugares distintos que había en la casa de campo. Era normal que para llegar al mismo lugar, hubiese varios caminos distintos… con lo que parecía que el misterio y el encanto de aquella casa casi desierta en medio del tranquilo pueblo, en medio de la tranquilidad de la quietud de la atmósfera en el verano, se acrecentaba por momentos…

Pero antes de enseñarle la casa a María, nos duchemos, y cambiemos nuestras húmedas ropas por dos albornoces… Cuando María salió de la ducha, con el albornoz, la ofrecí un chándal para que pudiese ponerse algo más cómodo mientras se secaban nuestras ropas. Ella lo cogió… pero lo dejó abandonado en una mesa… Yo también estaba en albornoz. Ella me pidió que la enseñase la casa. María se quedó alucinada con el encanto y la gran cantidad de lugares donde esconderse que tenía aquella casa…

Tanto es así, que ella me preguntó, de broma.

–¿Jugamos al escondite?

Y yo, me reí, claro… pero al final, la dije que a mi me seguía gustando ese juego… aunque era un poco infantil. Y curiosamente, a ella también la seguía gustando ese aparentemente infantil juego… En una casa enorme como aquella, llena de desvanes, de habitaciones, de patios interiores, de antiguas granjas de distintos animales, llena de escaleras, de recovecos, de pasadizos… sería una sensación inigualable jugar al escondite… Y si le añadimos a la inmensidad de la casa, el peso de la inmensidad de la oscura noche… con luces que se apagaban y encendían, al antojo de los hombres… resulta que, eso que dijimos en broma, de jugar al escondite, nos empezó a apetecer a los dos…

Y decidimos jugar al escondite… Pusimos las reglas claras: uno cuenta hasta 100, y el otro se esconde en ese tiempo. Por supuesto, contamos siempre en el mismo sitio, en una pared del garaje, en un rincón particularmente iluminado. Aún estábamos con los albornoces, y no teníamos nada más debajo… esto me inquietó. Pero es que María decía que eran muy cómodos… Uno cuenta, y el otro se esconde. Y el juego consiste en que el que cuenta tiene que encontrar al que se esconde. Si el que se esconde llega de nuevo a la zona de contar, gana el que se esconde. Si el que cuenta encuentra al que se esconde, o sea, lo ve (no vale oírlo sólo), gana el que cuenta…

Al final, ya sólo nos faltaba echar a piedra, papel o tijera quien empezaba a contar… Pero antes de echar esta suerte… no pude por menos de fijarme en el hermoso pecho de María… El albornoz no tapaba tanto… y la imaginación pudo conmigo… Su tersa y blanquecina piel, su aroma a jabón, su precioso cuerpo tapado detrás de tanta tela; su cara de niña algo traviesa, pero educada y generosa en el fondo… hicieron que me olvidase por segundos de mis antiguas ganas de jugar… O mejor dicho: quería jugar, pero apostando mucho más.

Así, que antes de hacer la suerte del piedra, papel o tijera,… ya cogí una mano… y la dije.

–Querida María… esto sería más emocionante sin ambos estuviésemos desnudos… con la casa a oscuras no nos veríamos… hasta que alguien encontrase al otro…

Ella se quedó muda de la impresión… Por supuesto, yo lo dije medio en broma medio en serio… Pero ella dijo.

–Estás de broma, ¿no?

Yo reí fuertemente… y al fin, echemos la suerte del piedra, papel o tijera…

Perdí yo… y la dije.

–¿Apagamos la luz del garaje y jugamos desnudos…? No nos veremos hasta que te encuentre… pero si tú llegas y te salvas… no nos veremos desnudos nunca… Es sólo por darle emoción… no tiene por que pasar nada… La casa está llena de recovecos… es enorme, y estará casi completamente a oscuras. Tu controlarás las luces, por tanto, no tienes que temer que te pueda ver desnuda mientras la luz esté apagada… También tienes una linterna, igual que yo, eso te protege, irás desnuda detrás de la linterna… Y si te salvas… te vuelves a poner el albornoz… y ya nunca nos veremos desnudos… Es emoción, pero no tiene por que pasar nada…

Al final, ella aceptó. Apaguemos completamente las luces de la casa, menos algunas de los patios, que eran zonas poco “peligrosas”, pues se podían evitar… Ella la escondida podría elegir otros itinerarios más seguros… El objetivo para ella: salvarse, entrar en la pared donde yo contaría, y una vez que ya se hubiese salvado, podría volver a recoger su albornoz, tirado en el suelo donde lo dejó… y ya no la vería desnuda… Pero si la encontraba…

Al fin, apaguemos la luz del garaje, nos quedemos completamente a oscuras… ambos nos quitamos, a la de tres, los albornoces. Oí el ruido que hace cuando caía al suelo el albornoz de ella, pero no veía nada, pues la oscuridad era total. La dije:

–Voy a contar hasta 100, escóndete

Y lo último que oí, mientras contaba, eran los sonidos de los pasos de unas chanclas pertenecientes a alguien que se alejaba corriendo, como con prisas…

 

Continuará

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