Una novela abandonada 1

Continuación del artículo Novela y depresión

1. Los hijos de las mujeres valientes

Lejos quedan ya los ingenuos años de la infancia. Tantos recuerdos vienen a mi mente en estos momentos de agitación. Extrema. Estoy exhausto, agotado, herido por una bala que me ha rozado el hombro, tan cerca del “más allá”, que, supongo que mi terrena alma ha empezado a hacer balance de lo que ha sido mi vida. Durante los últimos años, siempre he creído que la felicidad era igual a la ingenuidad. Mis ya viejos recuerdos parecen querer darme la razón. Recuerdo aquellos veranos en la casa de mis abuelos, en el campo: recuerdo la verde y amarrilla hierba, los inmensos árboles, las flores al sol, los niños jugando, los mayores paseando por rincones mágicos, el sonido del agua, que fluía por el arrollo, el cielo inmenso y épico, soñaba… entonces soñaba… soñaba que sería feliz, que sería siempre así… Era tan feliz, ingenuidad… donde has quedado, no saber, no querer saber, eso me hacía feliz cuando era un niño… Pero empecé a descubrir la verdad tan temprano… Parece que el viejo velo de seda que es la infancia se retiró en cuanto empezó a soplar un pequeño vendaval. Ingenuidad igual a felicidad… Era una fuerte ecuación, parecía matemático, más ingenuidad, mas felicidad, y al doble de ingenuidad, el doble de felicidad… Veía el cielo azul e inmenso, abajo la hierba, y los árboles, y sobre ellos, yo jugando con mis amigos del pueblo de mis ya difuntos abuelos… Todo era tan hermoso, que ha veces se me saltaban las lágrimas, creía que siempre sería igual, creía que la felicidad aguantaría para siempre, creía que la ingenuidad permanecería para siempre… Pero todo se fue, se terminó la infancia, la hierva fue sustituida por cemento, los árboles fueron talados, pues molestaban al agricultor en sus labores, las flores fueron sustituidas por césped británico… Todo empezó a tomar unos aires de modernidad: gente fea que se cree elegante porque lleva ropa de marca; ignorantes invocando las bondades de la libertad de horarios en el mercado; jóvenes que se creen modernos porque se dejan sodomizar…

Desde entonces, pocas cosas me han hecho sentir aquellas sensaciones perdidas, pocas cosas me han hecho poder volver a sentir ese estremecedor escalofrío que te recorre todo el cuerpo, esa sensación que, aunque su presencia se haya esfumado sin dejar rastro, permanece el fantasma de su recuerdo: la felicidad. A esas “pocas cosas” me aferré fuertemente una vez las hube localizado, dediqué todo mi dinero y mi tiempo a intentar aferrarlas fuertemente, no quería dejar escapar aquella infancia química que por casualidad, y con muchísima suerte, creía yo, me había encontrado. Es entonces cuando pude llegar a decir lo que dijo aquél antiguo Papa cuando fue elegido para hacer de tal: “ahora sí que voy a gozar”… pero no pasó mucho tiempo hasta que me di cuenta de que, la ingenuidad no era tan buena como me había parecido… no querer saber… si hubiese sabido la verdad, si hubiese conocido lo que es verdaderamente el dolor antes de que aquellas agujas atravesasen hasta el último resquicio de mi alma, hasta el último trozo de piel de mis brazos… La ingenuidad nos absuelve de equivocarnos… no, ya no hay excusa para no querer saber… Algo grande me ha pasado, algo grande está transformando mi alma, algo grande que no lo venden los camellos. Ingenuidad igual a felicidad… se ha desplomado esa ecuación, he visto el otro lado de la verdad, donde la verdad es igual a felicidad, ya no es igual a ingenuidad…

Una novela abandonadaPero vale ya de reflexiones espirituales, estoy herido en un hombro, parece que la bala no se ha quedado en mis carnes, por lo que deduzco que sólo me ha rozado. Bien… las cosas han cambiado un poco en las últimas horas, ya no soy un preso con una larga condena delante de mí: ahora soy un fugitivo con un gran ejército detrás de mí… No se si es una situación mucho mejor, pero desde luego, es una situación mucho más emocionante… Bien, quiero ordenar mis pensamientos, la herida parece que no es grave, está desinfectada y cosida, me quedará una bonita cicatriz… otra más en mi piel.

Comenzaré a ordenar mis recuerdos. Hace como dos meses hemos tenido otra de las habituales remesas de nuevos presos que son traídos en furgonetas a su nuevo hogar. Nada de especial hasta ahí: estamos acostumbrados a recibir de vez en cuando a nuevos inquilinos a nuestra “fortaleza del incomprendido”, como llamamos poéticamente a nuestra querida cárcel. Bien, como decía, hace dos meses tuvimos una nueva hornada de jóvenes y viejos aprendices de Satán. La prisión del Principado alberga una gran cantidad de presos de todas las condiciones, edades y circunstancias. Tiene varios módulos en donde se distribuyen los presos según sus circunstancias. Es un recinto enorme, destaca el módulo de presos comunes, en donde estamos (bueno, están) encerrados los presos con delitos que no son catalogados en una tipificación especial. En este módulo de comunes están enchironados la gran mayoría de los presos de la Prisión del Principado. Para que se entienda bien, digamos que los distintos módulos de este enorme espacio distan de ser espacios absolutamente aislados entre sí, puede pasar, por ejemplo, que un mismo preso haga toda un gran tour a través de varios módulos, según van variando sus circunstancias. Así, un preso que empieza habitando el recinto de comunes, puede terminar siendo inquilino de alguno de los otros recintos, según cambian sus circunstancias, normalmente según cambia su salud mental y su peligrosidad. El grado de agresividad en la cárcel es muy alto, desde las altas instituciones lo quieren negar, pero es evidente que se trata de una prisión especial, para presos “especiales”, en este caso, especialmente peligrosos, algo rotundamente prohibido por los reglamentos y leyes que regulan la creación y administración de las cárceles del país. En estas condiciones de agresividad extrema, no es infrecuente que a alguien se le termine hiendo la chapa, y acabe en el recinto de los locos, como comúnmente llamamos al “área de atención psicológica”. También hay celdas especiales para presos especialmente peligrosos, en donde los presos están aislados entre sí, y el número de funcionarios por presos es muy superior al usual. En definitiva, hay un constante trasiego de presos de unos recintos a otros, en función de según cambian las circunstancias. Esto le da a la cárcel una espectral imagen de un organismo vivo, que cada día que pasa se deshace y se rehace de una forma distinta. Nada puede estar exactamente de la misma manera un día que al siguiente, pues la extrema peligrosidad de los habitantes hacen que, si no se variase frecuentemente las rutinas de los funcionarios, volvería a pasar lo que pasó hace dos años, cuando uno de los grupos de presos más peligrosos de todo el sistema terminó dando caza a uno de los funcionarios con los que habían tenido una confrontación a raíz de la denegación de ampliación del tiempo y frecuencia de los vis a vis con prostitutas… Lo cosieron a puñaladas, sus gritos se oyeron por casi toda la comarca… no me puedo quitar de la cabeza esos gritos de horror… me parece que vuelvo a necesitar a mi dama blanca…Desde entonces la precaución es extrema, todo funciona como una máquina bien engrasada, nada se puede dejar a la improvisación. Es casi imposible escapar de ese microverso…

Pero ni siquiera con todas las precauciones del mundo, se puede evitar la quiebra de seguridad del sistema de la penitenciaría. Estar fuera de esa prisión es un alivio, lo cierto es que es uno de los sitios con un diseño más futurista que he visto, cuando entras en ese sitio, parece que te han llevado a una prisión extraterrestre. Creo que está diseñada a posta para perturbar la resistencia psicológica de los presos, sus colores oscuros, su escasa luz, sus techos altísimos, sus recintos enormes sus escaleras interminables, los colores metalizados, que lo inundan todo, la casi ausencia de líneas curvas, todo rectas… sus suelos también oscuros, las losas parecen estar directamente hechas de metal, el uso excesivo de cristal y plástico y metal… todo tiene un tono futurista que te hace parecer que estás en otro mundo. La luz… eso es lo peor… joder… casi no hay luz, de día, las escasas ventanas dejan entrar la luz justa, y de noche, la luz artificial es también escasa, aparte de horrible, luz blanca fluorescente… Un preso esquizofrénico llegó a decir que cuando estaba fuera de la cárcel, sólo sentía su enfermedad en los contados ataques psicóticos; pero que cuando entras dentro, es como si entrase en el mismísimo edificio de la esquizofrenia: todo era turbador, futurista, fantasmal… pasillos enormes… oscuros, interminables… un espacio con miles de habitaciones, geométrico pero desordenado, no había dos celdas exactamente igual en ese edificio extraterrestre…

Bien, pues de este edificio inexpugnable hemos escapado… Como contaba antes, de vez en cuando llegan nuevos habitantes. Hace dos meses, llegó una nueva remesa de ellos. En principio, parecía que nada especial: un tipo bajito con una barriga enorme que había sido condenado por abuso de menores; otro, el más patético de todos, que entró en la cárcel pataleando, vociferando y llorando, había sido condenado a 12 años de prisión por tráfico de drogas; y recuerdo a un tercero… fue el que más nos llamó la atención de todos, pues tenía casi el aspecto de un niño: pelo moreno y corto, frente alta, ojos profundos, piel blanquecina, una altura considerable pero sin llegar a ser exagerada, sobre un metro ochenta y cuatro, complexión entre normal y atlética. Después nos enteremos que tenía 27 años, aunque aparentaba unos 20. Todo el recinto de los comunes sintió curiosidad por saber qué narices había hecho ese tipo con cara de no haber roto un plato en su vida… Pero el ilustre baby-presidiario tendría que esperar para recibir la atención, pues el segundo día toda la atención se la llevó el preso obeso que había abusado de varios menores… Prácticamente ese tipo llegó a la prisión del principado con una condena de muerte… Lo cogieron en las duchas… no supimos nunca qué hicieron con él, pero por los tremendos gritos que se oyeron, me parece que no tuvo una muerte muy apacible. Es la ley de la cárcel: si nosotros somos horribles, aún podemos proteger aquello que para nosotros es sagrado, como la inocencia de la infancia y de las mujeres, de esta forma, parece que el horror de nuestras almas toma una especie de sentido: lo horrible protege a lo puro, ese es su sentido, está ahí, estamos aquí, porque en el fondo, somos necesarios.

Al tercer día, sí, todos los presos del recinto de comunes se empezaron a interesar por baby-presidiario. Al principio, ignoraba las frecuentes preguntas de los demás presos: caminaba con una actitud algo chulesca, se movía con cierta gracia, como si disfrutase con sus movimientos, su cara mostraba una mueca de dureza que contrastaba con sus rasgos faciales algo aniñados. No miraba a nadie, comía en una de las mesas de los solitarios (los presos que no están metidos en ninguna banda, buena parte de ellos con problemas mentales, hiendo y viniendo entre el recinto de comunes y el de locos) Comía con elegancia, nunca con apetito voraz o con desgana, parecía que todo lo hacía de forma elegante, lo que no hizo más que aumentar la curiosidad. Un día, la banda de los Kenkes, cansados de la aparente indiferencia del nuevo y misterioso preso, decidió ponerlo a prueba. Maka, uno de los lugartenientes de Rony, el jefe de la banda, fue hasta la mesa en donde se había sentado baby-presidiario, al llegar dijo <oye, necesito ese sitio, tengo que hablar con mi amigo sobre un asunto muy urgente, levántate y lárgate a otro sitio> mientras ponía la mano sobre el hombro de su supuesto amigo sentado a la derecha de baby-presidiario, para gran incredulidad de todos los que presenciaban la escena, que en ese momento ya era todo el comedor del recinto de comunes, pues el supuesto amigo era un preso que apenas siquiera podía hablar… siendo evidente la actitud provocadora.

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