Una novela abandonada 2

Continuación de Una novela abandonada 1

En ese momento, baby-presidiario no pareció inmutarse demasiado, su único gesto fue levantar su cabeza y su vista, fijada en la comida, y mirar hacia delante, perdiéndose su visión en lo ancho del comedor de la cárcel, para volver a continuación a bajar la cabeza y la vista, y seguir con su comida como si no hubiese pasado nada. Cogió algo del puré de patatas con el tenedor, se lo llevó a la boca y masticó como si no pasara nada, con la misma elegancia que de costumbre. Al ver que las palabras no surgían efecto, Maka insistió: <oye, tío, ¿no me has oído? Necesito tu sitio, si no te quitas por las buenas, te tendrás que quitar por las malas> pero no consiguió alterar la elegante actitud del extraño preso. Entonces es cuando Maka se empezó a poner nervioso, dando vueltas alrededor de sí mismo y mirando a los miembros de la banda para ver si pasaban al ataque, frente a la actitud chulesca del extraño preso. Con un leve gesto de la cabeza, Rony dijo que no, la escena se había puesto interesante y todos los presos del comedor estaban expectantes ante tan enigmático reo. Maka entonces centró su atención en su supuesto amigo: <oye tío, por culpa de este cretino me toca hablar contigo de piés. Estamos en navidad, no entiendo actitudes tan groseras en una época del año donde se supone que nos debemos amar los unos a los otros. Dime ¿Ya le has escrito la carta a los reyes magos? ¿Qué has pedido?> El reo supuesto amigo de Maka tenía un aspecto deplorable. Un pelo lacio y sin peinar, una cara que parecía la mismísima figura de la muerte, y un cuerpo asténico y amarillento. Casi no se había enterado de la escena en la que, sin querer y para su gran pesar, había sido involucrado. Miró un poco a Maka y no contestó, siguió comiendo con el estilo lastimoso que lo caracterizaba, a lo que Maka respondió: <oye, ¿estás sordo? Te he hecho una pregunta ¿Qué le has pedido a los reyes magos? El preso seguía intentando comer a la vez que parece que decía “tierra, trágame”. Una vez que vio que no le quedaba más remedio que contestar, miró a Maka. Daba pena su forma de mirar. Debería tener unos 40 años, pero tenía el aspecto de un nonagenario. Maka insistió <¿Qué le has pedido a los reyes? Contesta, que va a parecer que no nos conocemos de nada> Ya al final, el reo del psiquiátrico de la cárcel, tras un breve lamento, fue capaz de hablar, y dijo: <Una muerte rápida> y después bajó otra vez la cabeza, cogió de nuevo el tenedor, y siguió con el dificultoso proceso de intentar coger primero el puré del plato, y llevárselo a la boca sin que se le cayera por el camino. La cárcel entera estalló en un murmullo, medio de risas, medio de comentarios.

Una novela abandonada 2Maka pareció satisfecho con la respuesta, y se olvidó para siempre del preso del psiquiátrico. A todo esto, baby-presidiario seguía como impasible, parecía que no se percataba de la espectral escena que se acababa de desarrollar a su lado. Es entonces cuando Maka dirigió su atención otra vez a baby, y dijo:<Bueno amigo, es tu día de suerte, he podido hablar con mi amigo a pesar de la impertinencia por tu parte de no dejarme tu asiento> Al terminar de decir esto, hizo un gesto que sacaría las primaras palabras de cariño de baby: puso su mano sobre el hombro del extraño personaje, a lo que baby respondió, con una voz que parecía haber salido del interior de un profundo abismo, debido a su gravedad y su extraño eco, diciendo:<si me vuelves a tocar, te arranco los brazos> Toda la cárcel se conmocionó. La banda de los Kenkes ya tenían preparado todo el equipo para entrar en una batalla campal en mitad del comedor central de la penitenciaría, momento este en que los funcionarios, hicieron acto de presencia parando lo que podría haber terminado en toda una guerra pinchos y cadenas. Los funcionarios entraron armados y encañonaron a la banda de los Kenke, impidiendo su actuación, con lo que se tuvieron que contentar con los insultos y amenazas de muerte dirigidos contra baby-presidiario.

La comida se suspendió, y todos volvieron a sus celdas. Parecía que baby-presidiario había firmado su sentencia de muerte: no importa si tardaba más o menos en ser ejecutada, de si lo pillaban en el taller de trabajos manuales, o en las duchas, o en la lavandería, o en el patio. Ya de noche, los miembros de la banda de los Kenkes omitían sonidos metálicos que hacían cuando tenían pensado liquidar a alguien. En fin, es precisamente en esos momentos en los que vuelves a estar sólo tras haber pasado una borrasca cuando la memoria se reorganiza. Tanto baby como yo éramos presos solitarios. Esto en parte es elección nuestra, en parte elección de la administración de la cárcel. La mayoría de los presos estaba en celdas dobles, pero parece que siempre los más especiales elegíamos estar solos, bueno, los más especiales y los más idos del psiquiátrico… La mañana siguiente sería larga. Desde mi presa pude pensar en cómo lo estaría pasando baby, sabiendo que cuando se levante por la mañana y salga de su celda, lo hará para entrar en el patíbulo. La mañana sería larga, pero la noche no menos, así que cogí algo de pan y algo de chocolate que tenía en mi celda, y completé la inacabada cena con algo que me gustaba más… Me recuerda a los sabores de mi infancia… nada bueno me ha pasado desde entonces, treinta y siete años de vida, y sólo han merecido la pena los doce primeros… es ahí cuando se empezó a torcer todo, muchos recuerdos, parecía que esa iba a ser una noche larga, en donde los recuerdos podrían pesar demasiado… debo de aprender a recordar menos y mirar hacia delante, ahora que, cuando miro hacia delante no veo una blanca pared de un manicomio-prisión.

Digo, parecía que esa iba a ser una noche larga, pero al final fue una noche muy corta. Justamente sobre las tres de la mañana parece que al fin me dormí… pero al poco tiempo de haberme dormido unos extraños ruidos metálicos, como de puertas de la cárcel abriéndose y cerrándose de golpe, me despertaron. Intenté no hacerle caso, sólo había dormido veinte minutos, y si no dormía al menos tres o cuatro horas, sería un zombie andante al día siguiente. Pero los ruidos persistían, puertas abriéndose y cerrándose de golpe, siguieron durante varios minutos estos raros ruidos. La cárcel era un hervidero por el día, pero a partir de las diez de la noche, la tranquilidad se adueñaba de ella, y a las once y media, ya no había nadie fuera de sus celdas, los funcionarios se iban a sus casas excepto un puñado de vigilantes que hacían su guardia. A las doce exactas se apagaban automáticamente las luces de todas las celdas, aunque de normal a las once ya estábamos todos en la cama. Podríamos aprovechar esa hora para leer y no teníamos que molestarnos por apagar la luz, la tecnología nos recordaba de esta forma que era hora de que los niños buenos se fueran a dormir. De este modo, la cárcel permanecía tranquila hasta las ocho de la mañana, hora que tocaba la alarma de despertarse. Un poco antes de esta hora, si era normal que se oyera el ruido del trasiego de funcionarios por aquí y por allí que lo preparaban todo para cuando se levantasen los presos. Pero algo raro pasaba, no era normal que a las tres y media de la mañana hubiese tanto ruido.

Seguí intentando dormir pero el ruido, lejos de apagarse, comenzó a aumentar. Ahora ya no era ruido sólo de puertas que se abren y se cierran, se empezaban a oír claramente voces humanas, unas voces extrañas, por lo general fuera de tono. Algo gordo debía de haber pasado, en un primer momento pensé que sería otro preso que se ha intentado ahorcar, pero eso era demasiado escándalo para un miserable preso. No podía ser eso. La perturbación aumentaba, los ruidos iban en aumento, se empezaron incluso a oír como ruidos de disparos seguidos de gritos estremecedores, todo esto muy lejano, por lo que no descarté que mi imaginación me estuviese pesando demasiado. Intenté tranquilizarme, no quería ponerme en lo peor, pero mis oídos seguían trayendo el eco de lejanas voces y lejanos lamentos. Parecía que era la mañana la que se iba a hacer larga, pero en esos momentos llegué a temer que ya no volviera a ver mañana alguna.

No quería levantarme de la cama, quizás tenía aún la esperanza de que todo fuese un sueño, quería darme la vuelta en la cama, volver a dormirme, y que al despertarme se me apareciese una mañana radiante con ese sol naciente y espléndido de invierno. Pero ya al final no puede más, me levanté de la cama, cogí y me vestí. Ya se oía ruidos de conversaciones en las celdas habitadas por varios presos, por lo que adiviné que los demás reos habían seguido mis pasos.

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